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lunes, 25 de abril de 2016

Vive ahí, en el campo.
Cada mañana lo observo.
Impasible a la vista, como lo que es: un espantapájaros.
Cada noche lo siento cerca, su ropajes miserables
no solamente ahuyentan a las aves.
Se mueve sigiloso cuando la brisa es suave
o quiere que la sintamos de esa manera.
Se agita presuroso susurrando no se qué cosas
a los peajes que lo circundan;
no se trata del sol, ni del viento siquiera,
es el orden de los hombres,
la astucia con la que entra en mi casa,
y vacía casi completamente mi alacena,
come a gusto...
Y por controlarlo todo
mete sus dedos hasta en las tripas de mi cama,
encauza mis necesidades y mis desvergüenzas.
Es cuando tiemblo, y no sólo es de frío.
Él es un espantapájaros.
Esta mañana me levanté optimista,
la luz me llenaba entera todas mis lágrimas.
Levanté mi persiana de mentiras
y sobre él brillaban una decena de mariposas.
¡No!, eran Palomas, aves felices, 
posadas sobre sus maléficos hombros.

Soñé por un instante en blanco todo,
cuando incrédula, mi lucidez me restregó los ojos;
eran Cuervos…