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lunes, 25 de agosto de 2014

La piel del tambor --

     Sangre de Dios, este Templario ha sido el colmo.
     Otra vez Pérez-Reverte me ha manejado como a una marioneta recién sacada de un cajón de sastre, envolviéndome en el perfume de las flores, bajo la lluvia de filigranas de las buganvillas que lucen expectantes, con el halo que les proporciona la luna, involucrándome en la ensoñación que permite la noche, con ese calor…, mostrándome la manera con que se desliza una figurada cota de malla, haciendo palpable que se desliza… mientras respiran -respiras- el perfume inconfundible a naranjos en flor de esta Sevilla hermosa.
      Y sujeto el libro fuertemente, siendo consciente de esa esperanza ausente que se vislumbra en el brillo de los ojos del guerrero, vencido ahora, que necesita ver llegar, al fin, su hermoso velero de velas blancas; y que navegue en él, por inercia, dentro. Y fluye entonces la calidez del beso en las sombras, y el ansia, que le desborda las manos abocándose al deleite sobre la piel de ella, imaginando el presentido desahogo que se sospecha efímero y eterno. Y un quejido se le escapa y los dedos se le mezclan, como haciendo tangible el espejismo…, en la melena oscura de la mujer con la que lleva soñando toda su vida, en el momento justo en que desnuda el alma por completo…
    Todo ello lo fragua el autor con el suficiente encantamiento como para hacerme caer de la manera más ingenua. Y me siento Eva, sin saber que clase de mundo existe al otro lado de la puerta del paraíso. Así me enfrento a su novela, abro la cancela de mi particular edén, y la atravieso hasta recomponerme entre sus palabras, y entonces dejo que me manipule durante una semana entera, consintiendo que su Templario me persiga con su angustia y su deseo, mientras evidencia la envidia que le produce el mechero de plástico que Macarena maneja continuamente, en esa extraña ubicación… Y me propone sentir envidia de la envidia que él siente, o de la codicia, cuando comprende por qué y por quién sufre esa mujer que está haciéndole pedazos su estrategia de vida. Lorenzo Quart es consciente, quizás como nunca lo había sido antes, de que él no es verdaderamente importante para nadie, asumiendo que casi no existe.
      He seguido leyendo, página a página, sin rechistar, implicándome en su indecisión, o su irrebatible decisión, haciéndome partícipe del precio que hay que pagar por dedicarse, en cuerpo y alma,  a su vocación.
      Yo nunca antes, como ahora, había diseccionado las consecuencias que conlleva el consagrarse a la Iglesia. Esta novela te lo expone de una manera clara, entre palabras que no se pronuncian, deseos que no se satisfacen, silencios, miradas, angustias, desesperación… hasta golpear con furia un banco de piedra...
     No se trata solamente de los estragos del celibato, es la merma de la decisión, del criterio, la perfecta anulación del individuo que se entrega entero. No es su vida de lo que se deshace una vez asumido el compromiso; no es el tiempo, valioso e irrecuperable, la pérdida; es la resignación ante la aplastante realidad al dejar de ser persona en el momento que decide dejarse atrapar por la institución religiosa, por esta Madre Iglesia que hace de las personas individuos esclavizados, aumentando desmesuradamente la natural lucha personal que mantenemos cada uno en nuestra propia guerra, tan difícil y densa, tantas veces. Ellos, a diferencia de los demás, están tremendamente solos, se les niega la palabra de alivio, la caricia tierna, el abrazo definitivo. Carecen de la comprensión necesaria que se crea cuando empatizas con el otro, ese arma imprescindible para sobrevivir. Carecen de la complicidad lasciva y sensual, de la complicidad… Carecen… Se les ofrece a cambio la soledad, la tremenda y absoluta distancia con los demás; la negación a mostrarse desnudos, sin disfraces, para dar al otro la posibilidad de tenderles una mano donde asirse, dejándose ver débiles y humanos si la vida les pone en esa tesitura; ese es el peor de los celibatos. Ya sabemos que moriremos solos, pero ellos viven como todos moriremos, completamente solos. Por eso cuando Lorenzo Quart, el protagonista, se arrodilla para que el padre Ferro le confiese, me parece tan elocuente, es el único momento en que un cura es verdaderamente humano. La iglesia lo hace bien, impone a sus servidores que mantengan el alma quieta, permitiéndoles una única licencia: el desmoronarse ante otro servidor.
      Y entonces este Templario que recorre e indaga esta Sevilla vieja de tantos siglos, -un calificativo al que recurre el autor, y que debo admitir que me encanta-, te gana la batalla y terminas con el alma en un puño y la certeza de que la vida es cruel. Y, al final, lo sabes, que este Templario, con manos temblorosas pero aspecto frío, te hará sufrir. Mientras sigo soñando, rogando, deseando que se quite el alzacuellos de una vez, para poder pensarlo latiendo libre en este mundo que ya es lo bastante absurdo como para complicarlo aún más.
      Esta vez, mientras el protagonista se moría por escuchar las palabras justas que hicieran el milagro, me permití un segundo de licencia dejando escapar un par de lágrimas, resignada ante la evidencia de que el autor, D. Arturo Pérez-Reverte, detesta los finales felices.
     Aunque he de confesar que yo también envidio, igual que Lorenzo Quart, desde las tripas hasta el corazón, envidio esta manera suya de escribir cuando hace que me enamore de una frase, de un quiebro, de una de esas fórmulas sensibles, astutas, que te sorprenden, mientras que él se funde y se confunde, como un caballero emigrado, en cada página, en cada frase, y me eriza la piel, y me tomo, con mucho gusto, la pócima de hechicero que sólo él sabe macerar con los ingredientes perfectos, sutiles y embaucadores, que hace que lo consideremos el maestro definitivo.  
    Al final, y a pesar de que no nos deje el menor resquicio de esperanza, debo darle las gracias, D. Arturo, lo autores que escriben de esta manera nos regalan una sensación extraordinaria que emerge desde dentro hasta apretarnos la garganta….   
     E impregnada de su lectura dejo que me envuelvan los escenarios, con ese aroma de las flores que se esparce sobre las aceras sevillanas, mientras percibo sus palabras en el aire, recordando algunas de esas miradas reprochables, y entonces me atrapa la tensión, cayendo rendida ante la sensualidad… cuando, por un momento, me dañan los ruegos y hacen estragos los deseos que se esconden en esta novela, naciendo, por su efecto, esa perfecta mezcolanza que alienta mis sentidos… ¿qué más se puede soñar?   
    Gracias.









Manuel Carrasco nos tienta como a su guitarra --

    Fotos de HuelvaYa
Anoche disfruté del concierto de Manuel Carrasco. No se puede explicar con palabras, por muchas cosas que ellas sean capaces de transmitir, lo que significa. Aun así intentaré rebuscar las oportunas, embaucando a las musas:
      Es un volver a la juventud que se fue sin darnos cuenta, esa que nos robaron mientras mirábamos para otro lado pensando que todo era eterno, dando por hecho que la alfombra, que se deslizaba ante nuestros ojos, no tenía un final. Hasta que, un día, miras atrás y la inmensidad está a tu espalda, entonces concluyes que fuiste joven alguna vez… y en ese momento   comprendes lo importante que es volver.
     Volver…: entras nerviosa, empujas el entramado tumultuoso de la línea que divide la fantasía de la realidad y pisas, con tus tacones viejos, el suelo de un estadio cualquiera, dando lugar a la transformación, cuando, como si del calor trepidante de un verano cordobés se tratase, todas tus ansias acumuladas hacen el milagro debido a la propia descriogenización, templándote todas las partículas del cerebro, mientras te encandilas contemplando cómo te crecen alas en el alma…
    Tu espíritu, vapuleado por el tiempo, se emborracha de Música hasta que estallan dentro un cúmulo de estrellas, con brillos de palabras y ráfagas de notas al viento, justo en el lado izquierdo de tu cuerpo. Mientras, con esa luminiscencia, ahondan hasta deshacerte, hasta crearte o modificarte, y sobre todo alientan la quimera de rejuvenecerte. En el resplandor de tus ojos se acomodan entonces las mismísimas estrellas, y tú eres astro, y eres música, formando parte de este particular aquelarre. Y tú eres…Vives el sueño que tiene el arte de difuminar las arrugas de tu cara, con sonrisas y entusiasmo, en medio de frases extraídas de la angustia de una guitarra…
      Todo se extralimita en esta multitud consecuente, cómplice, artífice del entorno, ebria ahora; y te emocionas, vibras, lates, y saltas al ritmo de Manuel, hasta deshacerte de esa parte del camino que pesa tanto. Lo consigue, él hace el milagro de que vuelvas a sentir lo maravilloso que es volver al Pasado. Al mirar sus ojos claros recuerdas perfectamente lo que significa enamorarse otra vez, desde el prisma ingenuo de una adolescente. Y, sí, lo consigue, que vuelvas a enamorarte… cuando blande las cuerdas etéreas de tu corazón como si fuesen las más elocuentes teclas de un piano extraño.
      Solamente por unas horas entras de bruces en el paraíso, en su voz, en sus quejios, en su propuesta, en su forma pausada y lenta de transmitir, cuando nos regala, a trozos, su esencia de niño bueno, siempre; de hombre humilde, remando en su extraordinario océano marinero, isleño, intenso, de arena y olas, de palmas alentadas por la brisa de una orilla atlántica en la que nació un niño rubio con una preciosa mirada traviesa, aunque calzara unos zapatos rotos, qué importaba; nada deslucido, seguro, a pesar de vestir la camiseta de su hermano mayor. Era feliz, no me cabe la menor duda, cuando en sus manos sostenía unas baquetas maravillosas, esas que su padre le hizo en aquel barco que se fue lejos... Mientras, en el pensamiento, ese niño de mirada ilusionante, alimentaba un sueño…
      Esa es la razón por la que nos deleita como si fuéramos su fuego añorado, ese fuego que le esperaba a las puertas de su casa, en su playa, lejana, tantas veces, de arenas con pátinas de infancia, donde escondió, un día, su felicidad y sus lágrimas, y entre sones que se llevaban las olas, pidió un deseo.
       Manuel nos tienta como a su guitarra. E intenta, doy fe, que todos seamos, en ese entrañable momento, una inmensa -sin nombres- parte de su Familia. Todos.
      Y como si un cometa atravesara de golpe por encima de nuestras cabezas, sobre nuestros brazos, que, a un tiempo, se mecen en el oleaje noctámbulo de la estratagema que se fragua entre el calor, los desgarros, y el son perpetuo, el Son…, Son…, Son....; todos bajos los efectos de una droga necesaria, cuando el paraíso nos parecía ideal, nos agasaja las ansias con lágrimas que dibujan líneas plateadas en su cara, donde, mágica, se refleja la luna. Nuestros ojos se estremecen a su vez, al ser conscientes de tal excepcional espectáculo. Alucinados lloramos por dentro, o nos arrancamos las propias lágrimas, al descubrir que el dador de momentos mágicos brinda con su mejor licor ante nuestros ojos. Quizás esto sea fantástico o tal vez tremendo, pero sin duda da la fórmula perfecta a su alquimia.
     Y nos bebemos otro sorbo en el balanceo de este mar de olas de manos, cual velas al viento, entonando los cánticos que, todos a un tiempo, dejamos que sobrevuelen el espacio abierto de este concierto: un amasijo estrepitoso de almas desbocadas sedientas de una experiencia de libertad, sin cánones ni convenios: aire, voces, arte, palabras, sones, cuerdas, teclas, amor, fantasías, deseos, miradas, requiebros. Trueques y artificios cuando la felicidad se convierte, al fin, en algo tangible.
       Y en ese momento miro a mi hijo que canta a mi vez, junto a mí, a sus veinticuatro años, y miro a sus amigos como en tantos otros conciertos. Entonces me recuerdo a mí misma, en silencio, que la vida merece la pena.
       Gracias, Manuel, a ti, siempre. Tú sabes el valor de la felicidad, esa que no se compra. Gracias, Manuel, por esas lágrimas compartidas en ese momento en que todos fuimos uno.

  
 MANUEL CARRASCO NOS TIENTA COMO A SU GUITARRA (CRÓNICA CONCIERTO PUNTA UMBRÍA 23.08.2014 - Esther_madrid,25-08-2014, 14:10 [*]
      H teneis que leer esta crónica que nos ha enviado Ana, es preciosa , os va a encantar como a mi porque es pura poesia -Esther_madrid, 25-08-2014, 14:20 [*]

 RSS Fee          PLAS PLAS PLAS, maravilloso relato!! Felicidades a la autora! [ Sin texto ] - Soles, 25-08-2014, 15:03 […]
[…]                                         LO mismo que la señora de arriba, una delicia leerte. ..¡¡enhorabuena¡¡.. [ Sin texto ] - Heidi, 25-08-2014,  
                                               Un relato precioso, escrito con mucha sensibilidad. - L.M, 26-08-2014, 13:39 […]
                                                     Anonymous26 de agosto de 2014, 23:56
                                       - Qué bonito y que verdad tan grande
§                                                                                 26-08-2014, 13:39 […]
§                    ¡¡Estupendo!! Ana, mis respetos hacia este talento con la palabra, me has conmovido con ese inicio... Sin texto - Fabi_Col, 27-08-2014, 04:45 […]

viernes, 22 de agosto de 2014

Una historia de amor a orillas del Adriático --


    …y todas se liberan al mismo tiempo, las mariposas que pululan en mi estómago, volando por encima de las plazas, los canales, las góndolas, contemplando su magnifica catedral, y su tornasolado palacio; balanceándose, todas, sobre la historia que encierra tan enigmático e inenarrable cúmulo de islas.   
     Callejuelas en la que los puentes siempre aguardan en las esquinas, y el mar hace de protagonista en este sorprendente escenario.
      Y te sobrecoge esta mescolanza…: la fantasía de un niño, un trozo de paraíso y la intensidad de una leyenda, que, como si con esta amalgama se hubiesen revestido las fachadas, ofreciendoseles el milagro en forma de guirnaldas de mármol y piedra que embelesan al viajero cuando las mira…, y entonces Cupido emerge de las aguas del Adriático, subyugándote, hasta que el corazón se confunde, ebrio, en el paradigma entre la carne y la piedra…, en ese segundo roto, en que nada es real a orillas del Gran Canal.
     Mirada ansiosa que se escapa entre ángulos, segmentos y directrices que aguardan, engreídas y ocultas, como si fuese una sorpresa enorme e impaciente. Examen errante en esa ráfaga de viento que te cruza, te estremece y te atrapa, mientras levitas en el universo latente que te espera entre sus oquedades viejas. Primavera escondida en los frunces de terrazas y salones, en las arrugas despiertas al anochecer a la mirada ajena y sorprendida del caminante exhausto por sus pliegues.
     Paseos interminables por recovecos antiguos, inesperados, acogedores en tiempos de desierto, donde los perfiles pretenciosos y repujados, hacen las veces de amante improvisado que te envuelve y te acaricia… 
     El aire huele a mar; a un precioso lazo azul, para el mejor de los regalos, se asemejan los canales, y la brisa…: armonía en la parsimonia de una quimera ilusionante y maravillosa entre el hombre, el mármol, la piedra, y mis ojos… que contemplan cresta de olas blancas dormidas sobre las paredes: balcones enamorados de sí mismos.
     Vanidad, generosa vanidad del hombre donde el ego hizo de una ciudad un encuentro con la inmensidad oculta de un sueño, sueño nacido entre los dedos del artesano que dibujó corazón y esencia en los caireles blancos que fluctúan orgullosos en esta urbe embaucadora, que el viajero entusiasmado se encuentra de golpe y muere…; se estremece y cree, cree en la esperanza de ser, en el camino, en la espera, en la compañía absoluta de un canal perdido a media luz, entre puentes que laten al ritmo ingenuo del veneciano que no sabe calcular el tesoro escondido que danza sobre los muros, los ventanales, los tejados y en sus pasillos estrechos donde se encuentran el ser humano más humano.
     Fábula de guerra necesaria del "vagabundo" con el mar, con los canales, con la vida, creando una verdadera controversia: lucha o amor, como una ensoñación donde contemplas el placer de los amantes en pleno arrope: el lecho se entuerta y enraíza, hasta que el puente abraza la piedra que, generosa y agradecida, se entrega besando el aire, sin darse cuenta. Mientras haces caminos… caminos decorados con el arte derramado del "extranjero" antiguo, que dejó sus huellas para que hoy mis ojos se enamoren de su alma… 
   …su alma desnuda, perpetua, vehemente, y a veces extraordinariamente humilde: esquina sublime que te remueve con la sensación de que hurgas en un cuento…, o en una historia de amor, sintiéndome Julieta, disfrutando desde las balconadas inmensas de esta ciudad, donde, no hay duda, reside el espíritu eterno de la belleza: VENEZIA…
                                                




martes, 12 de agosto de 2014

Es verdad, Napoleón no existió. La Isla de los Jacintos Cortados --

Un cuaderno…, una carta de amor, una historia, un puñado de momentos reales, ficticios, soñados, imaginados. Generosidad con posos de artimaña. Armas de conquista. Lid encubierto. En todo caso una estrategia, una maravillosa estrategia con la que nos embauca, y de donde emana la propuesta de pensar, cada vez más intensa, más adictiva, más soberbia. 
    Una historia escrita desde el ángulo bisiesto de un profesor lucido, reflexivo, auténtico, desnudo, aunque vestido de recato y derivaciones. Enamorado hasta la médula, aunque destilador perfecto de la forma concreta con la que asumir la libertad de Ariadna, mientras atiende sus miedos, sus ilusiones, que aún haciéndole sangre, él lo asume con su total desventaja. Conforme Caballero que sabe utilizar el divino arte de la imaginación, del que se nutre; y solamente la mira, y a veces le acaricia las manos, deslizándose junto a ella desde el culmen de los respetos, alimentándose de sueños, deseos y recuerdos, y los recursos infinitos que le da la sabiduría.   
    Es difícil dar algo por hecho en esta novela, pero después de inmiscuirme con intención en la historia, deduzco que se trata de regodearse en los ordenes que nos manejan, en resaltarlos, siendo el amor y el desamor dirigidores imprescindibles del guión del mundo, el sexo como protagonista, cual telaraña inoculada en cada célula, y sobre todo hace una compleja exposición de la manipulación de la historia. Dibuja, pinta, ilustra un elaborado hincapié sobre la maleabilidad de los hilos de lo humano, desbaratando mitos y estructuras, abriendo ventanas a la reflexión, rompiendo decorados, destrozándolos, mientras muestra lo humano, lo previsible, lo antiguo, lo persistente, dejando en pelota al mundo para que el lector dilucide o asevere la existencia de Napoleones sin manipulaciones y disfraces, o Dioses del Olimpo mitificados, u Olimpo innegable. Dejando en pelota la honradez de la desnudez misma de cada uno. Nos hace indagar, y preguntarnos si existe algo tan impactante y real como las batallas que libramos todos, cada día, con nuestras Ariadnas o nuestros Claires.
     Mentiras, alteraciones, modificaciones, invenciones por intereses. Intereses. Retratos. Perfectos disfraces, antifaces, gestos heredados de siglos, amabilidades asumidas, requiebros comedidos.
    Se trata de lo humano; lo sabemos, pero no importa, seguimos escarbando en la búsqueda de esa realidad que nos sobrepasa cuando, tal vez, ante la Historia, nos sentimos pequeños e insignificantes, efímeros, pero a la vez minimiza el sufrimiento mismo, haciéndolos, en el milagro, más pequeños también. Ninguna compañía farmacéutica ha dado aún con un remedio más efectivo que el efecto de la proposición de un libro escrito por autores que nos hacen la vida más soportable.
     El Amor por la palabra surge en cada página, tanto en el profesor-narrador de la historia como en el autor, se entrevé que disfrutan ante este impactante galimatías -como si de un juego se tratase-, al dejar fluir su pluma sobre el papel, cual si fuese un río. Ciñéndome a la paradoja de Teseo, cuando aseveraba que tanto el hombre como el río siempre son distintos, incapaces de volver a encontrarse. Este libro da al río la entidad de recolector de ideas y de acumulador de pensamientos, en la nada intocable permanencia, y al hombre la posibilidad de crecer.
    Impresionante la lucidez del autor; hombres que no deberían morir nunca. Triste que deje de lucrarnos de la manera que lo hace, aunque siempre nos quedarán sus libros. Estaba enamorada de su trilogía "Los Gozos y Las Sombras", ahora estoy enamorada del hombre que ha estado siempre detrás de cada palabra, siempre siendo Carlos, siempre siendo Clara.
   Imprescindibles estos autores, por los que daría lo que no tengo si me propusieran compartir con ellos espacios, camilla y observación, cual tremendo y elocuente cielo nocturno, buscando respuestas, llegando a conclusiones, nutriéndote de camino, de recorrido, para descifrar la pátina arcaica con la que nos han pintado el escenario.
   Los dos protagonistas de la novela se extasían junto al fuego común, extraordinario fuego: pura alquimia descendiendo del cerebro a las tripas, vislumbrada al hogar de una chimenea, en la cual puede, todo aquel que se lo proponga, ver el pasado, el presente y el futuro, eso sí, con la perspectiva única de cada individuo, según sus riquezas, sus tesoros: el mobiliario insustituible, etéreo, inestimable, comprometido y frágil, que habita en la latente infinitud, que, aun creciente, sientes tantas veces estanca, casi con rostro propio. El tú oculto en cada uno.   
       Maniobras literarias del autor en un juego donde debemos dejarnos llevar, y descifrarlo: leer al revés, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, desde un lado, desde el otro, o bien extender un poco el brazo, mirando de frente cada sílaba y entreabrir los ojos; mezclar las palabras, separarlas, hurgar en ellas, escarbar hondo, visualizar la frase desde arriba, extraerla, escogiendo al fin la conclusión definitiva.

     Aún no he terminado la novela, pero me encuentro frente a una tesitura: ¿qué haré cuando la acabe y éste profesor, o el mismísimo D. Gonzalo Torrente Ballester, deje de susurrarme al oído?


Sonríe --


Me regalaron una fotografía antigua de alguien a quien quiero mucho. Cuando la conocí pasó a ser parte de mi familia, hasta el punto de que mi hijo me dijo que ella era otra abuela más. 
Cuando miré la foto, sólo en un segundo, deduje que más de un pretendiente debía haber perdido la cabeza por ella. Pensaba dejarme llevar, con la intención de escribirle un poema, imaginando un enamoramiento, una ilusión, sin embargo fue un amor desesperado el que emergió en mis palabras. Cuando, a la protagonista, le leí el poema una lágrima se asomó a sus ojos, y unos recuerdos con nombre propio. Parece -y lo comento desde mi más completo ateísmo-, que alguien se adueñó de mis dedos, y de mi teclado y escribió palabras que no me había dado tiempo a pensar, durante los cinco minutos en que lo escribí, cosas...

 "Estás preciosa en esta foto que me encogió el alma. Sonríes de una manera que encandila, con ese vestido blanco con el que pareces una princesa; un perro a tus pies, y sobre la mesita un ramo de flores. En la base del jarrón una nota donde se lee: sonríe"


De tus ojos… En tus ojos,
en el brillo efervescente de tu mirada
se esconde la herencia, el imán, la trampa,
la sumisión de aquel con osa mirarte.

Eres la esencia,
la impúdica verdad que se oculta
en tu gesto, que anida resuelta
en tu sonrisa como pez en el agua;
aquello que anula y rehace al individuo.

No quiero imaginar los estragos
emanados de esa ingenua y florida humanidad,
de la transmisión de astucias
que abanderas en la inconsciencia
tierna de tus formas.

Mientras, tus labios me miran sonrientes,
inocentes, nítidos e inmaculados,
alentando el pecado mismo
que me ataca, cruel, por todas partes.

Nunca te llegaron mis palabras
por asumir mi desvergüenza ante
tanta elocuente simpatía.
Pero hoy utilizando un teclado
ajeno y reprochable,
quiero que sepas, al fin,
de mi querencia y mi agonía,
desnudándote mi más perseverante
mácula, hoy que ya nada importa…




La carta esférica --

   

           Sin palabras…
      Respiro…, y dejo de respirar ante esta hoja en blanco a la que no sé como enfrentarme…
      …casi huérfana de esta novela ahora, a la que me encaré como si fuese un mar de palabras colocadas perfectamente, provocando -este entreolas, este singular entrevidas, este entresueños tan particular-, un estrepitoso gon en mi medidor personal de exigencias. Veloz llegó al final, arriba, donde se puntúan los tesoros.
      Un montoncito de hojas que te esperan…, con esa cautela, como si fuesen inofensivas; un libro no debería…, de esta manera no, no debería cautivarnos, cautivarme… (no sé si es la palabra correcta)…
      D. Arturo Pérez-Reverte ha conseguido que me inmiscuya en un viaje…, un viaje especial en una órbita atrayente donde me he dejado llevar por su elíptica de soledades, ansias, recuerdos, aptitudes, necesidades y sueños; entre miradas, deseos, debilidades, bondades, desinterés e intereses, y esa eterna confianza que se resiste a la desconfianza misma. Una historia bajo un cielo de estrellas que laten sobre un constante y maravilloso mar protagonista, donde los puertos emergen ofreciendo el desembarco a tierra. Lugares que acogen o repelen aunque siempre dadores de momentos mágicos y aceras desconcertantes… Y el Tiempo, que, como insistente recordatorio definitivo, va menguando la estela infinita del barco de la vida, esa que pensamos que no acabará nunca.
     Hechizada, perdida, y sola, me he sentido cuando he desembarcado en mi propio puerto. Prometo que jamás he cerrado un novela con esa sensación de pérdida, aunque volveré a leerla. Es un placer volver a abrirla, ahora que busco una frase de cómo el narrador está obsesionado con el corte de pelo de Tanger Soto…
      El guión no es la única razón, me ha subyugado por la manera, por la forma sutil con que el autor fragua como llegar al arpa de Caliope que se esconde en mi alma, y un vez asido, tocar, sin pudor, todas las cuerdas.
     Sorprendida, estoy muy sorprendida por la facilidad con que desgrana la sensualidad a cada poco, sin dejarme respirar. No es más grande el mar, majestuoso y capturador de páginas, que la tensión latente con la que Coy mira a Tanger Soto, o la piensa, soñando con las pecas de su cuerpo, necesitando contárselas todas, besarlas, muriéndose por recorrerlas y lamerlas una a una; aunque se conforma con mirarla con esa elegancia innata con la que impregna el autor a cada uno de sus protagonistas. Mientras, Coy se deshace …observando el cabello dorado y liso… …que descendía en dos líneas diagonales y sin embargo perfectas…
      No te captura el mar, por muy azul e infinito, cruel o magnánimo, que lo defina, más que la descripción del choque mismo de las bocas ávidas de vida, del impacto entre los cuerpos bajo la lluvia, de los labios desfogándose, alimentándose del otro. No es más importante el viento, ni las olas ni el destino de un velero cansado, ni tampoco el descubrimiento de un barco hundido -casi un reencuentro-, en medio de una reyerta, ni siquiera te tienta tan contundentemente el sentirte sumida en la grata realidad de un sueño verde, no más que el entramado de vida que late en cada página, con ese dolor refugiado en el alma…
      Y gozas -porque ahora sí, utilizo la palabra perfecta-, como si miraras a través de un caleidoscopio, en blanco y negro, con ese encaje y desencaje: el ajuste de los labios, de la lluvia en la piel, de las manos sobre la carne, de cómo ebulle la sangre y se desliza la locura en medio de una perfecta marejada, o bajo una tremenda tormenta; convenciéndote, el narrador, de la sublimidad de choque, con esa prisa elegante... La novela te atrapa a través de estos espejos sin colores (blanca la hoja, permitiendo la danzan druida de sus letras negras) en los que vislumbras la desnudez del cuerpo, y la decepción del alma… Mientras te engañas, no quieres pensar en el final, y sigues dando vueltas a este caleidoscopio mágico donde todo se modela y remodela…, hasta que te recorren por dentro sus ansias y sus desesperaciones, sus placeres, pero también, de una forma lacerante, sus soledades, sus miedos, sus íntimas obsesiones y sus absolutas determinaciones.
      Te resignas, y claudicas ante la tremenda realidad que impacta sobre la ensoñación, fragmentada, de pronto, en trozos de cristales claroscuros que se esparcen por la bodega de un barco viejo, sobre la esperanza verde, que es arrastrada por una ola de certezas que rompe…
     Y ante la evidencia de que todo, un día, empieza, y acaba todo al fin, cierro la novela, le busco un lugar especial en mi vitrina y elijo otra del mismo autor.
     D. Arturo, he de reprocharle el ser adicta.
    


Las frases en negrita  han sido extraídas de la novela La Carta Esférica de D. Arturo Pérez-Reverte.

jueves, 7 de agosto de 2014

La Extraordinaria Transmisión de Ana Pérez Cañamares --

     La musicalidad se mimetiza en tu composición de sílabas enlazadas como aljófares, reconvertidas en el mejor de los collares, en el más brillante de los adornos, en el mayor símbolo de reivindicación y poder: la Palabra.
    Fabricas, como una meiga, esa mezcolanza…: la alquimia precisa con la que crear el poema, y nace entonces un tango estéticamente perfecto, con esa fricción de cuerpos, con esa pasión. Tu empaque  y el nuestro se erizan, se entrelazan y nos damos licencia para deslizarnos sobre la propuesta pista de baile...

     De tus estructuras veraces, de tu léxico, emerge esta danza de fuerza y dignidad, donde tejes tu puzzle exacerbado con los arrestos del transeúnte que pasea un instante a tu lado; y nos arrancas del suelo, y nos agarras fuerte por la cintura, y te inmiscuyes dentro, haciéndonos volar por encima del poema mismo. Fluyen, y estallan los pasos a derecha y a izquierda, y las reivindicaciones se traslucen, y lucen las expectativas y los deseos, mientras todos nos balanceamos en los sones de tus compases, en tus ritmos, con recorridos que parecen interminables -el Tiempo se detiene para mirarte a los ojos, para escucharte, el Tiempo se enamora de tu ira…- sobre la sincronía expectante que se mece en tus quiebros, en tus suspiros, en tu extraordinaria compostura; y nos adentramos, como abducidos, por los pasajes ocultos de tu alma, para desnudarte entera, y disfrutar hasta quedar exhaustos, no antes de arremangarnos el pensamiento y de que nos arranques una lágrima.

    Es la culpable, esa geometría pulcra que se encaja en el aire, modulándose en cada sílaba que baila sobre la arquitectura de cada frase, cuando tu voz deja de ser protagonista para ser instrumento, convertida en el arpa de Caliope ante nuestros ojos, claudicantes todos mientras observamos esa transformación fantástica y necesaria.

     Y entonces todo es Música, desahogo, impotencia y arraigo.