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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Esther

    
   He llegado a la conclusión de que cuando se apaga una estrella cae hasta la tierra buscando un jardín y se convierte en una flor que ni siquiera tiene por qué ser de colores.
   Y puede que hasta pasear pueda, de noche, por un pueblo peregrino con un nombre precioso, aderezado con una peña iluminada que igual no fuese más que un espejismo.
   Una flor, como una sombra oscura, que al anochecer, con las últimas luces, su pelo y sus ropas, con la brisa, al caminar, pisaba como una musa, como si sus pies no llegaran a tocar el suelo, ese puzzle encantado, pudiera ser que por elegancia.
   Cuando la miraba, no era por su cara, con esa belleza exótica, sobresaliente aún en la oscuridad, porque seguro que había sido estrella y le quedaba de ella el brillo que aún ausente se percibía; no ya en su cara, también eran sus formas, por esa manera de sonreír.
   Esther causa esa sensación, es tal que, teniéndola tan cerca, no te importaría ser de otra manera para tener la capacidad de soñar sus labios. Cálida, tanto que la brisa que refrescaba no llegaba a darme frío, ella estaba cerca, y sus palabras. Suficiente.
   Esther debe ser una musa o una náyade de un manantial cercano de aquellos maravillosos parajes perdidos entre el verde y el tierra, entre el alto y el valle, entre el cielo y la roca; en el caso remoto de que no sea una flor de polvo de estrellas; por su mirada, por su consejo sabio, por el tacto suave de sus manos cuando nos dijimos adiós, por la sensación de pérdida y de ausencia.
   Es una musa hecha de brillo, verde y agua. Estoy segura.