Google+ Followers

lunes, 19 de septiembre de 2016

A Miguel

A MIGUEL HERNANDEZ, CON LA PRESUNCIÓN DE QUE ES SU VOZ…

Es una despedida. Te vas en el murmullo pálido
que se escapa y se frunce el cuerpo a su tonada.
Sorda parece la tierra en el último beso.
Mis manos se endurecen de frío en el calor
que emana de mi pecho, por el amor que dejo
a la deriva, del cariño que se esparce, abandonado.

Te vas, como se pierde el horizonte cuando la luna
se niega, aunque le ruegue y la sueñe, y la persiga
y me humille en el empeño de mirarla, quizás como nunca,
por ser mi definitivo homenaje o abrazo implosivo
desde mi más cruel silencio.

Mi ropa no sirve en absoluto, y el tiempo
que no es tiempo me amenaza.
Me mata todos los años que no he vivido,
me asesina el tiempo, las palabras no escritas,
los lamentos, la impotencia, la lucidez, incluso la agonía.
Lo dejo todo muy bien colocado, entre mis versos.

El poeta se desvanece, ya soy humo, incienso,
mirra, qué se yo lo que soy, si ya me he ido.
Espíritu en la nada permanente,
pero aún me toco los huesos
que se mueren soñando el estar vivos.

Ya me sé muerto, aunque el corazón me lata aún,
ya no respiro, y en fuga el espacio me ataca,
desaparece en sombras
y recuerdos que no tendré jamás
de una vida robada a cachos y a entelequias.

Para oírme tendrás que hurgar entre mis frases,
me dormiré a ratos hasta que me mires,
te esperaré arropado entre poesías
que se diluyen al compás de mi nombre.

Búscame en las acequias, donde el agua,
en los rincones verdes, en los campos,
en la noche estrellada,
abriendo el portalón de mi casa.

Búscame en la noche
que la bóveda alada será mi guarida,
oscura e imprecisa, volúmenes extraños, presiento,
y no puedo saber si el alcance de mi esencia
te rozará la cara.

Búscame en el desvío de tus ansias,
entre estrofas y rimas,
en la decoración de la alacena que llevas en el alma,
en el paladar que se esconde en la poesía.
Yo aguardo así a estar vivo.