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viernes, 19 de agosto de 2016

Muerto

Una vejez nocturna, deficiente, cadavérica.
No hace falta morirse, a veces,
para sentirse muerto.

La miserable esfinge
le mira desde la puerta de la calle.
Le espera a la salida,
en silencio repulsivo y obcecado. 

Las palabras ya no son necesarias.
Habla el cuerpo; el cariño alejado,
la angustia, la desidia,
las ganas de morirse…

Las voces de la gente
se pierden a lo lejos.
No hay música,
es un murmullo lacerante y estricto
que te ataca y se aleja,
como una ola maldita
sofocada en un ruego
que ya a nadie le importa.

Los afectos robados…,
un encuentro en el cruce de caminos
que se deja caer un momento del labio.

Un segundo en el tiempo,
en un tiempo de espera, muerto ya.

Muerto.