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lunes, 25 de abril de 2016

Busco a Jesús,
éter sensorial de los mil nombres,
busco a la autoridad discursiva
que le da fuerza a un mandamiento.

Lo busco entre mis cosas, con hambre y con codicia
como se añora el aire cuando falta.

Busco la bondad primigenia,
la empatía del grupo,
el trozo de pan repartido a pedazos…,
el sorbo de vino que se queda en los labios
mientras el gozo prende mirando al infinito
porque todos estamos sentados a la mesa.

Busco la mano compañera,
el abrazo que no tiene valor y es tan inmenso

la palabra de alivio compartida
la mirada templada, y la manta que a dos hace su alivio
cuando el frío es el que manda

y todos tenemos a  veces tanto frío.

¿O es que el frío es un proyecto de los hombres?
¿Dónde está Jesús en quienes mandan?

Busco su nombre, del que me siento enamorada,
bajo la sombra tibia de cada árbol,
en el aroma a flor cuando me mira
un niño que no sabe que es el agua.

Busco la plenitud en cada cosa,
busco a Jesús en la confortable suavidad de mi almohada.

Pero se escapa, como se muere el río
estallando en la verdad absoluta
que le ofrece el océano impertinente.

La bondad se empequeñece en el mar brusco
cuando se enfrenta a las razones de individuo
que una vez poderoso, se hace dueño de la paz necesaria.

Jesús se muestra esquivo.

Y yo si él… muero.