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domingo, 24 de mayo de 2015

Elejía a Juan Ramón -



   DECIA  Juan Ramón Jiménez:
Te llevaré Moguer a todos los lugares y a todos los tiempos, serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los logreros, inmortal.

   No, no era una tarde fría y húmeda de domingo de invierno, cuando el poeta entregó a su alma su resto de armadura, con esa suave y cómoda tibieza. Como yo imagino que debió ser.
   Y seguramente fue testigo su pluma de ese último acto, la perfecta coprotagonista de frases sencillamente bellas, que nos proponen oler el aroma de sus flores, disfrutar del mundo que existía al otro lado de la cancela, pasear junto a Platero, o acariciarlo. Tocar la tierra con las manos sin haber siquiera tierra, o vislumbrar un cielo de estrellas, incluso percibir el mar. Sobre todo, era capaz, el poeta, de transmitir el amor por todo; el amor cuando nos hace caminar palpando su pueblo..., con esa sensación a casas de luz, cristales y cal.
    Frases perfectamente colocadas a pesar de su nada intocable permanencia.
  Frases, como la manera con que describía lo que su madre significaba para él, aunque se escondiera detrás de josefito: "se caían musicalmente unos cristales y aparecía una madre suya bordeada de colores transparentes"  
    No puedo imaginar palabras más bellas dedicadas a una madre…, sólo él…
    No era una tarde de invierno, era primavera,  no podía ser de otra manera, enamorado de la primavera hasta los tuétanos. ¡Se hubiese despedido de este mundo echándola tanto de menos!
   Era radiante primavera cuando su Moguer se quedó como dormido, agazapado, secuestrado en sus labios en el momento justo de la entrega definitiva, en el instante entero en que su reloj intransferible hubo agotado su eléjico tic-tac.
   Nos convertimos, en ese momento, y después y ahora, en deudores de un compromiso, donde nuestros oídos pletóricos, y nuestras ansias, descalzas y desparramadas, no tenían más remedio que perpetuar el aroma de su nombre, como si de una flor imprescindible se tratara, o fuese un árbol centenario: Juan Ramón.
   Desbaratase, tantas veces, el poeta, a nuestra conveniencia, el hombre, el conseguidor del frunce de las fibras que gobiernan el entramado anónimo de cada uno, ese que no tiene calificativo.  
   Absorbedores todos del agua que había brotado de sus pensamientos, por creador de sí mismo, el escritor, el manejador del esqueleto májico de su caleidoscopio.
   Nuevo, Él, cada vez que su sombra tendía a desvanecerse, a desaparecerse, para olvidarse de lo humano,  se dibujaba entonces más sensible.
   Acaparador de sentimientos, de tantos sentimientos míos, de tantos sentimientos que provocaba y que provoca en tantos, y que a mi madre la tenían enamorada.   
   Abrumador y abrumado entre tanta belleza, que se acumulaba en sus ojos y que él pretendía plasmar con la misma intensidad con  la  que  lo  vivía. Y que, con mirada de niño, siempre dispuesto, fue regalándonos en palabras, con tonos amarillos, colmadas de flores y gorjeos de pájaros resueltos, y sus tantas estrellas colocadas en todos los lugares del mundo.
  Nos regalaba en palabras toda la armonía posible de los libros.
   Fue de mediana primavera, y nunca los campos andaluces estuvieron más bellos que con su alma revoloteando, y, como testigos blancos, sus blancas paredes encaladas, y el perfil de Platero, aguardando a su dueño en la colina de arena roja, retrato de ese pueblo que ahora se le ofrecía como hogar definitivo.
    No hubo campos más claros ni más rubio sol sobre el cielo Andaluz, y Moguereño de su órbita, su sol, ni naturaleza más transparente, que con su halo impregnado de su presencia, para quedarse luego, evidente y eterno, engrandeciendo el espacio y la palabra, entre las calles de este Moguer Universal, que, fiel a la promesa de sus labios, no moriría nunca.



 La frase en cursiva es de Juan Ramón Jiménez