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sábado, 18 de abril de 2015

En un zaguán cualquiera se esconde una flor -*

Y mientras paseo me alerta el taconeo
de la estupidez y de esa prioridad absurda,
donde el mundo alberga la diana de su terquedad.
Arrastro mi felicidad, esa que no he tenido nunca.
Porque mi lucidez me ha mostrado sólo las secuelas
y los trapos sucios.

Aunque los árboles que me cuentan cosas, me alivian
y las puertas de las casas me hablan de historias,
de nombres y acontecimientos
y yo lo escucho todo con deleite, y fascinación,
cuando una nube me aturde y me consuela,
y en un zaguán cualquiera se esconde una flor
que encara cualquier maniobra de ofensiva.

Pero me alertan las miradas abstraídas
de aquellos que sólo ven su ombligo,
al mirar su monedero como papel de oro,
con la ingenuidad de un niño,
y la imprudencia de un viejo.

Que mi optimismo no lo he regalado nunca,
el realismo le ganó la batalla
en medio de tanto trozo de deshecho
y tanta inmundicia,
con la que me manché las manos,
y que por mucho que me las lavo,
no consigo arrastrar las marcas, las huellas
y las derivaciones.

Lloro.