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lunes, 6 de abril de 2015

Ausencia -

Descorcho lentamente una bonita botella.
Brillante y única, distinta.  
Líquido atrapador y elegante.

Arropador como la luz del sol en un invierno frío.

Un bebedizo auténtico, de esos que su efecto no lo olvidas nunca. 
Burbujas como estrellas hacen nido en mis recorridos y mis cuencas
y mis rías se enfervorizan con tanto brío,
mis montañas y mis prados se embellecen y se apagan al mismo tiempo,
mientras me río como si fuese una fiesta,
mientras lloro en medio de una triste despedida.

Y levanto mi copa.
Levanto mi copa.
y lloro por ti,
que con tu ausencia has cambiado mi vida para siempre

Voy a emborracharme ahora con mis propias lágrimas,
un brindis al aire de estrellas,
esas que llevo tatuadas en el alma.

Voy a emborracharme ahora hasta ahogar la locura,
no teniendo cura la cordura loca que siempre me amenaza
desde el mismo borde del abismo que me ronda,
como una cantinela antigua, como una cantinela.
Con está música insensata y demente.

Voy a emborracharme a ciegas para no pensar,
para olvidarme toda, para olvidarme siempre
como imbuida en un tremendo aquelarre,
para olvidarme entera de mí misma,
arrinconarme y renunciarme.
Ajustarme y ceñirme.
Forzándome, si hace falta.

Y si tengo que hacerme un torniquete, apretaré fuerte,
aunque se escapen al cielo las estrellas
que en mi puño cerrado aguanto y soporto, y mimo
y quiero y sostengo con el ahínco austero de una madre.

Levanto mi copa y bebo con desesperación
ese licor viejo, rebuscando el sabor de esos besos tuyos,
de esa tierna manera de amarme, de esos abrazos
que se fueron al cielo de las estrellas donde duermen ahora.

Donde duermen 
para no morir en el dolor
que me causa tu pérdida.