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jueves, 26 de marzo de 2015

La ceguera de la luz -

Y entonces el emoticono
no dejaba de lanzar estrellas al aire
al aire, estrellas brillantes
voluptuosas como gigantes
a mi alrededor, como una candela
hasta que surgieron fuera
de la pantalla de mi ordenador
colapsándome el espacio y la vida
y el cielo complejo que se apaga 
cada vez que enciendes la televisión
o abres la abertura peligrosa del análisis
o miras con miradas sin refugios ni papel
con ese miedo.

Aún así, el emoticono
no dejaba de lanzar estrellas,
un puñado de ellas, con intervalos
como el tic tac del tiempo.
Sin cesar, y las estrellas empezaron a acumularse
hasta que decidí prenderlas en mi pelo
y después un puñado de ellas
las posé suavemente en mi plato,
con recato, como a quien
le da miedo, ver lo que surge
y la infancia me golpeó de pronto
como un estrepitoso gong
con el recuerdo de un plato de sopa
con calor de madre en la cocina
mientras desde la vitrina me miraba ella.

Con tantas estrellas no supe que hacer
y las fui colocando por el piso
casi como una obligación
o con la intención inercial de sobrevivir a ellas.
Puede que fuese por eso.

Se recolocaron cuidadosamente
formado una alfombra por donde caminar
y de estrella a estrella
paseaba por el pasillo de este poema
mientras mi diadema de brillos y recapitulaciones
resplandecía en el cielo nuevo que la poesía
me regala, de vez en cuando,
sólo de vez en cuando.

Y alucinando ante tanto resplandor
del desayuno surgieron de dos en dos
regalándome la ceguera de esa luz
cuando ya no existían ni las tostadas ni el café
era un murmullo de luces que me fui bebiendo
lentamente, como una pócima, como un regalo,
como un puñado de besos que surgen
y se diluyen y se diluyen y surgen
las estrellas, todas ellas
con esa sensación de que estarán siempre
Y ahora, cada vez que vomito,
una estrella me refugia y me aprieta
me refugia y me aprieta.