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lunes, 3 de noviembre de 2014

¡Ya está bien! --

Continúa el tremendo ritmo…: en el cajón la ropa está revuelta. El viento trae hasta mí esquirlas de ese caos, dándome de bruces en la cara, y me resisto, y cierro los ojos…, y los cierro fuerte, los cierro, y me tapo los oídos con las manos y me araño por dentro, aun sorda y ciega y maniatada no consigo que las palabras encajen en el léxico infinito de las palabras. 
    Las guerras no acaban nunca, las penas surgen irremediablemente, mientras el pan sigue sobre la mesa, ajado a trozos insufribles y migajas con hambre.
    Y continúa el tremendo ritmo…, nada cambia, siempre regodeándonos en las mismas Troyas, siempre conquistando las mismas conquistas, muriendo en las mismas guerras.
    Y yo me muero, me muero al fin, me  muero con cada palestino, en el lecho de cada sirio, me muero en Ucrania; con el hambre, con la dignidad mancillada oculta en la mirada de la gente, en la locura de unos padres que acunan a un muerto. Me muero en el dolor de esos viejos cansados, en un banquete de sangre y escombros, con la única música arcaica, de cristales rotos.
    Me muero enamorada de la palabra, que sea ahoga sin encontrar la frase que exprese de manera suficiente la fractura de mi angustia, el rompiente por donde se escapan las amarras para poder colocar cada cosa en su sitio.
     Mi cajón sigue revuelto, sintiéndome incapaz de doblar toda esta ropa de manera coherente, sin arrugas, sin pliegues, sin miedo, sin pudor y sin sangre. De una manera limpia.
  
Agosto 2014