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miércoles, 5 de noviembre de 2014

No me digas, amor, que no es posible... --

No me digas, amor, que no es posible
no quiero escucharlo de tus labios.

Haré una eternidad de mi sentida necesidad
del siempre eterno sueño
el espejismo que nace en mi alma
y me esconderé en el refugio
del improvisado paraíso que me prometiste
entre pedazos de poemas de cristales rotos
cuando el aire no me fuera suficiente…

Volar siempre… alto… entre silencios, y
esa música que no deja de sonar nunca
cuando nos arrancamos el deseo
dejándonos caer sobre una nube de besos
mientras el mundo se queda dormido
un instante sólo, dudando si volver.

No me digas, amor, 
que no es posible amarnos hasta después de irnos
para después de irnos seguir amándonos…

Pero, qué más da, qué importa nada.
Nosotros inventaremos nuestro propio tiempo.
Nuestra esfera celeste, única, sólo necesitamos
un pequeño rincón con una aurora boreal
que nos seduzca. Una montaña de sentimientos
y una ilusión, y  nos inventaremos esa media luna
para perdernos a la sombra de la luna misma.

No me lo digas, que no quiero escucharlo

No, no es verdad
que un día se acabará el recorrido de tus manos,
que ya no nos perderemos, locos, entre las sábanas
para soñar un poco con lo infinito,
para volar, perdidos, en el margen suave
que nos ofrece las páginas de este libro inconcluso.
Y tus manos que no acaben nunca de acariciarme
de acariciarnos, los dos, tú y yo, siempre
y tu mirada atravesando mis gemidos
mientras mis labios te tatúan mi deseo.

No me digas, amor,
porque no puedo soportarlo.

Ahora que estamos frente a frente
y me miras con usura
ahora que aún estamos a tiempo de vivir
bésame como si fuera el último beso
y muérdeme los labios, que son tuyos
y templa mi sonrisa, engañándome
y tómame con descaro e insolencia
y cuéntame al oído que esto nuestro será infinito
y tu mirada ansiosa, infinito tu amor
en mi presencia de un todo infinito.

Y volar… alto… entre silencios
hasta que deje de sonar la música.