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lunes, 27 de octubre de 2014

Rafael un día fue nuestro amigo --

Rafael un día fue nuestro amigo. En aquella Andalucía de 1978, ningún adolescente era afortunado. 
Vivíamos sometidos a formalismos estúpidos en los que la libertad era solamente una palabra preciosa. Ni siquiera nosotros éramos conscientes de que aún era un sueño. Son incapaces de imaginar, los adolescentes y jóvenes del 2014, las carencias, la ridiculez, la absoluta manipulación bajo la que vivimos esa etapa maravillosa de nuestra vida. Sometidos a tantas cosas, aquellos que fuimos obedientes, nos asemejábamos a un ejercito disciplinado, con una forma de vestir concreta, sin aspavientos, sin colores agresivos, sin escotes. Las chicas estamos abocadas al disimilo constante de nuestros deseos, absorbiendo, como enseñanza, que realmente esos deseos no existían, las chicas no debíamos tener ciertos apetitos; nos limitaban los sentimientos. Todo era criticable, la simple espontaneidad era pecado. Las demostraciones de afecto. El cariño en sí mismo. Nos limitaban los instintos, regulados por miradas y comentarios, apelativos y chistes que hacían de la adolescencia una carrera de obstáculos más que un momento extraordinario, de redescubrimiento de uno mismo.
Nadie podía ser especial, nada debía hacerte diferente. En la diferencia estaba el riesgo, la trampa, la caída y la humillación ante el intento torpe de levantarte con la cabeza alta. Ninguna clase de error era sobreseído. Todo tenía un precio. Y, a veces, demasiado alto. No podíamos ser distintos. Tampoco nos enseñaron a tratar a aquellos que lo eran, a exponerlo sin tapujos, con naturalidad. Aprendimos a relacionarnos bajo la tutela de la empatía y el cariño, pero nadie nos enseñó a enfrentarnos a aquellos en los que se vislumbraba una diferencia. Entonces octavamos por vivir sin hacer comentarios. No sabíamos normalizar. Aunque nuestra actitud hablara por sí misma, nunca fuimos capaces de encontrar las palabras de apoyo que un adolescente necesita. Nadie nos enseñó a pronunciarlas.
Hoy, echando la vista atrás, recordamos a aquellos que se quedaron en aquella plazoleta para siempre, porque la vida nunca nos dio otra oportunidad.
Rafael era un buen chico, hoy, seguramente, un tío genial. Compartimos el amor por la lectura y por extraer, de entre este puzzle de palabras, las concretas para plasmar lo que sentimos.
Rafael un día fue nuestro amigo.