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martes, 23 de septiembre de 2014

Chin-chin, va por ti, Tere --


Existen remolinos, corrientes, historias, momentos, circunstancias, instantes mágicos y todo un cúmulo de anticiclones y borrascas que hacen que hoy estés justo en ese lugar. Yo, concretamente, en mi sofá.
Hemos ido girando y girando, e independientemente de que estemos mirando al horizonte, tranquilos, eufóricos o pesimistas, compartimos el espacio con los nuestros, estos que tienen nombre propio, esos nombres que un día elegimos; ellos, con sus sonrisas y dueños de su tiempo, manejadores de sus ejes.
Ellos no lo piensan, o puede que les de igual; pero el camino lo hicimos también otros; otros no dimos, nos entregamos, forjamos la ronda, la vereda, el sendero, el atajo, y dimos fuerza al vínculo, creando escenarios. Miles de generaciones amando y odiando hasta estar sentada en el rincón de mi sofá.
Entre todos lo conseguimos, trenzando amistades y amores, bordando con hilos de ese cariño que surge en la vida, en la infancia, mientras crecíamos, casi sin darnos cuenta, y después, al unísono, despertamos a la adolescencia, en nuestra propia obra de teatro, con el guión imprevisible y desconcertante que nos fue proponiendo la vida. No estábamos solos. Paso a paso, bordeando el asfalto o dejándonos engullir por el entramado goloso de la pedrería que luce en el sendero particular de cada uno, dimos forma a un puzzle, moviendo los dados y barajando las cartas hasta posicionar nuestra jugada con los colores ambiguos que hoy lucen en el brillo de nuestros ojos.
Algo debimos hacer bien cuando seguimos en esta cabalgata azarosa con ilusión, algo debimos hacer bien, cuando aún nos sorprenden a golpes de cariños y besos, y besos internautas y saludos y abrazos espontáneos, y mimos virtuales, y mimos.
En mi sofá, sentado junto a mí, está Darío, se parece mucho a mí, es igualito, tanto que chocamos como pequeños bigbanes, pero nos queremos mucho. Manuel está delante de su ordenador, él es mi vida, lo sabe; y Adrián, aunque ahora solamente le veo los fines de semana, intuye que lo llevo en mi corazón en cada momento, cada mediodía, sobre todo cuando me sobra comida y pienso que llegará cansando y tendrá que hacerse el almuerzo, y comerá solo, posiblemente. Me trago las lágrimas, es la vida; él crece y yo languidezco. Pero esto va así.
En mi sofá, tecleando en mi ordenador, me paso las horas, hurgando, escarbando, dando forma a la mejor forma de respirar.
Chin-chin, levanto mi copa imaginaria, chin-chin, por todas esas hadas madrinas que hicieron posible que mi vida sea esta y no otra. Chin-chin, vuelvo a chocar las copas en el aire: por ellas, va por ellas, que hicieron el milagro en el cruce de caminos de los laberintos de la vida para que hoy mis hijos me besen, y los vea crecer y me sienta querida. Chin-chin, porque, a veces, las hadas madrinas tienen nombre.
Subo mi copa otra vez haciendo un brindis a la luna. La luna lo sabe, siempre existió un lazo conductor que ahora ha tomado cuerpo; deslizándose por los entramados de este Facebook maravilloso e inimaginado, ha buscado para mí a alguien importante.
Chin-chin, Tere, va por ti. A veces, de las hadas madrinas, sabemos el nombre.
Chin-chin. Uuuuuunnnn, este champán da gusto.