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sábado, 13 de septiembre de 2014

Cae Roma --

    Se hunde…, nada se sostiene, cada mañana la misma letanía: volver a edificar lo edificable, lo posible. Soñar. Le arranco, a la primera luz del día, la energía suficiente y me la recoloco en el pelo, esperando a que brille un poco, y así evito que el mundo se dé mucha cuenta de que mi alma se me desgaja y que voy desapareciendo.
     Observo cómo mis manos se gastan, las arrugas se agrían, y mi espíritu desfallece. Sólo me quedan flecos de la alfombra que imaginé un día, donde el mundo me niega la esperanza. Abocada a incertidumbres, a cabos imposibles de atar, a un mundo imprevisible y usado que no se sostiene en pie, que cae como un enorme edificio en ruinas, arrasando lo que queda de humanidad con su descomunal nube de escombros y despojos, esa que hemos ido acumulando hasta formar esta previsible y abstracta pirámide.
    Cuando me pierdo en la desesperanza, me rearmo con el cariño de aquellos que me salvan. Me rearmo, pero es tan difícil cuando se avecina, en mi cuesta abajo, despedidas sin sentido. Despedida para siempre. Siempre, como sentencia, como advertencia. De niña descubrí que todo acabaría un día. Lloré hasta hartarme. Ahora mi llanto es por la despedida, temiendo esa llamada definitiva, esa noticia cruel que todos asumen con la más triste resignación. Lloré hasta hartarme, y lloro y lloraré, pero ahora temo observarlo, vivirlo, sentirlo; ahora, cuando mi propia despedida la vislumbro con un cierto cariz de descanso.
      Imposible obviar las miles de guerras que pululan a mi alrededor, como una maraña. Y me canso, las noticias vienen mal dadas, las estructuras se descolocan, se malean otra vez, otra vez la misma Historia que se alza fabulosa sobre nuestras cabezas, como un monstruo mitológico que, al final, se hace de nuevo con las riendas. Cae Roma y yo me hundo, sin asideros donde agarrarme, sin puertos donde varar mi barca cansada, que hace aguas por todos sitios. Y el telediario insiste, recortando referencias entre verdades y mentiras, entre intereses y manipulaciones, entre el dolor fingido frente a la tragedia, con la especifica intención de conseguir que el oyente se sienta importante. Todo no es más que una gran y tremenda Hipocresía. Esa es la palabra que nos define como seres humanos, o lo que seamos: hipocresía, nos sostiene y nos alimenta. Estúpidos velos que toman el pelo a la lucidez que me estalla dentro, y dejo de verlo claro y se enturbian mis sentidos, y me arrugo, y me desfiguro y me pliego sobre mí misma y me niego a volver a vivir el día de hoy, consciente de que tampoco querré volver a vivir el de mañana.
      Entonces beso a mi hijo y juego un poco con su pelo; acto seguido hago un guiño al aire, besando a mi otro hijo que siempre anda deambulando, y después me recuesto en el sofá, junto a mi compañero, dejando que me acaricie mientras desliza sus dedos, dibujando memoria y asentando el tiempo, casi sin ser consciente de que me acaricia. En ese momento encuentro la razón, esa justificación suficientemente importante que me ayuda a seguir, entonces siento su paz mientras me cura las heridas, las lame con su roce continuo, pausado. Él, con su mágica sintonía, con esa fuerza suya, consigue que desaparezca todo mi miedo; entonces es cuando surge el sortilegio: me mira, lo miro, y respiro hondo…Sobrevivo.