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viernes, 22 de agosto de 2014

Una historia de amor a orillas del Adriático --


    …y todas se liberan al mismo tiempo, las mariposas que pululan en mi estómago, volando por encima de las plazas, los canales, las góndolas, contemplando su magnifica catedral, y su tornasolado palacio; balanceándose, todas, sobre la historia que encierra tan enigmático e inenarrable cúmulo de islas.   
     Callejuelas en la que los puentes siempre aguardan en las esquinas, y el mar hace de protagonista en este sorprendente escenario.
      Y te sobrecoge esta mescolanza…: la fantasía de un niño, un trozo de paraíso y la intensidad de una leyenda, que, como si con esta amalgama se hubiesen revestido las fachadas, ofreciendoseles el milagro en forma de guirnaldas de mármol y piedra que embelesan al viajero cuando las mira…, y entonces Cupido emerge de las aguas del Adriático, subyugándote, hasta que el corazón se confunde, ebrio, en el paradigma entre la carne y la piedra…, en ese segundo roto, en que nada es real a orillas del Gran Canal.
     Mirada ansiosa que se escapa entre ángulos, segmentos y directrices que aguardan, engreídas y ocultas, como si fuese una sorpresa enorme e impaciente. Examen errante en esa ráfaga de viento que te cruza, te estremece y te atrapa, mientras levitas en el universo latente que te espera entre sus oquedades viejas. Primavera escondida en los frunces de terrazas y salones, en las arrugas despiertas al anochecer a la mirada ajena y sorprendida del caminante exhausto por sus pliegues.
     Paseos interminables por recovecos antiguos, inesperados, acogedores en tiempos de desierto, donde los perfiles pretenciosos y repujados, hacen las veces de amante improvisado que te envuelve y te acaricia… 
     El aire huele a mar; a un precioso lazo azul, para el mejor de los regalos, se asemejan los canales, y la brisa…: armonía en la parsimonia de una quimera ilusionante y maravillosa entre el hombre, el mármol, la piedra, y mis ojos… que contemplan cresta de olas blancas dormidas sobre las paredes: balcones enamorados de sí mismos.
     Vanidad, generosa vanidad del hombre donde el ego hizo de una ciudad un encuentro con la inmensidad oculta de un sueño, sueño nacido entre los dedos del artesano que dibujó corazón y esencia en los caireles blancos que fluctúan orgullosos en esta urbe embaucadora, que el viajero entusiasmado se encuentra de golpe y muere…; se estremece y cree, cree en la esperanza de ser, en el camino, en la espera, en la compañía absoluta de un canal perdido a media luz, entre puentes que laten al ritmo ingenuo del veneciano que no sabe calcular el tesoro escondido que danza sobre los muros, los ventanales, los tejados y en sus pasillos estrechos donde se encuentran el ser humano más humano.
     Fábula de guerra necesaria del "vagabundo" con el mar, con los canales, con la vida, creando una verdadera controversia: lucha o amor, como una ensoñación donde contemplas el placer de los amantes en pleno arrope: el lecho se entuerta y enraíza, hasta que el puente abraza la piedra que, generosa y agradecida, se entrega besando el aire, sin darse cuenta. Mientras haces caminos… caminos decorados con el arte derramado del "extranjero" antiguo, que dejó sus huellas para que hoy mis ojos se enamoren de su alma… 
   …su alma desnuda, perpetua, vehemente, y a veces extraordinariamente humilde: esquina sublime que te remueve con la sensación de que hurgas en un cuento…, o en una historia de amor, sintiéndome Julieta, disfrutando desde las balconadas inmensas de esta ciudad, donde, no hay duda, reside el espíritu eterno de la belleza: VENEZIA…