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lunes, 25 de agosto de 2014

La piel del tambor --

     Sangre de Dios, este Templario ha sido el colmo.
     Otra vez Pérez-Reverte me ha manejado como a una marioneta recién sacada de un cajón de sastre, envolviéndome en el perfume de las flores, bajo la lluvia de filigranas de las buganvillas que lucen expectantes, con el halo que les proporciona la luna, involucrándome en la ensoñación que permite la noche, con ese calor…, mostrándome la manera con que se desliza una figurada cota de malla, haciendo palpable que se desliza… mientras respiran -respiras- el perfume inconfundible a naranjos en flor de esta Sevilla hermosa.
      Y sujeto el libro fuertemente, siendo consciente de esa esperanza ausente que se vislumbra en el brillo de los ojos del guerrero, vencido ahora, que necesita ver llegar, al fin, su hermoso velero de velas blancas; y que navegue en él, por inercia, dentro. Y fluye entonces la calidez del beso en las sombras, y el ansia, que le desborda las manos abocándose al deleite sobre la piel de ella, imaginando el presentido desahogo que se sospecha efímero y eterno. Y un quejido se le escapa y los dedos se le mezclan, como haciendo tangible el espejismo…, en la melena oscura de la mujer con la que lleva soñando toda su vida, en el momento justo en que desnuda el alma por completo…
    Todo ello lo fragua el autor con el suficiente encantamiento como para hacerme caer de la manera más ingenua. Y me siento Eva, sin saber que clase de mundo existe al otro lado de la puerta del paraíso. Así me enfrento a su novela, abro la cancela de mi particular edén, y la atravieso hasta recomponerme entre sus palabras, y entonces dejo que me manipule durante una semana entera, consintiendo que su Templario me persiga con su angustia y su deseo, mientras evidencia la envidia que le produce el mechero de plástico que Macarena maneja continuamente, en esa extraña ubicación… Y me propone sentir envidia de la envidia que él siente, o de la codicia, cuando comprende por qué y por quién sufre esa mujer que está haciéndole pedazos su estrategia de vida. Lorenzo Quart es consciente, quizás como nunca lo había sido antes, de que él no es verdaderamente importante para nadie, asumiendo que casi no existe.
      He seguido leyendo, página a página, sin rechistar, implicándome en su indecisión, o su irrebatible decisión, haciéndome partícipe del precio que hay que pagar por dedicarse, en cuerpo y alma,  a su vocación.
      Yo nunca antes, como ahora, había diseccionado las consecuencias que conlleva el consagrarse a la Iglesia. Esta novela te lo expone de una manera clara, entre palabras que no se pronuncian, deseos que no se satisfacen, silencios, miradas, angustias, desesperación… hasta golpear con furia un banco de piedra...
     No se trata solamente de los estragos del celibato, es la merma de la decisión, del criterio, la perfecta anulación del individuo que se entrega entero. No es su vida de lo que se deshace una vez asumido el compromiso; no es el tiempo, valioso e irrecuperable, la pérdida; es la resignación ante la aplastante realidad al dejar de ser persona en el momento que decide dejarse atrapar por la institución religiosa, por esta Madre Iglesia que hace de las personas individuos esclavizados, aumentando desmesuradamente la natural lucha personal que mantenemos cada uno en nuestra propia guerra, tan difícil y densa, tantas veces. Ellos, a diferencia de los demás, están tremendamente solos, se les niega la palabra de alivio, la caricia tierna, el abrazo definitivo. Carecen de la comprensión necesaria que se crea cuando empatizas con el otro, ese arma imprescindible para sobrevivir. Carecen de la complicidad lasciva y sensual, de la complicidad… Carecen… Se les ofrece a cambio la soledad, la tremenda y absoluta distancia con los demás; la negación a mostrarse desnudos, sin disfraces, para dar al otro la posibilidad de tenderles una mano donde asirse, dejándose ver débiles y humanos si la vida les pone en esa tesitura; ese es el peor de los celibatos. Ya sabemos que moriremos solos, pero ellos viven como todos moriremos, completamente solos. Por eso cuando Lorenzo Quart, el protagonista, se arrodilla para que el padre Ferro le confiese, me parece tan elocuente, es el único momento en que un cura es verdaderamente humano. La iglesia lo hace bien, impone a sus servidores que mantengan el alma quieta, permitiéndoles una única licencia: el desmoronarse ante otro servidor.
      Y entonces este Templario que recorre e indaga esta Sevilla vieja de tantos siglos, -un calificativo al que recurre el autor, y que debo admitir que me encanta-, te gana la batalla y terminas con el alma en un puño y la certeza de que la vida es cruel. Y, al final, lo sabes, que este Templario, con manos temblorosas pero aspecto frío, te hará sufrir. Mientras sigo soñando, rogando, deseando que se quite el alzacuellos de una vez, para poder pensarlo latiendo libre en este mundo que ya es lo bastante absurdo como para complicarlo aún más.
      Esta vez, mientras el protagonista se moría por escuchar las palabras justas que hicieran el milagro, me permití un segundo de licencia dejando escapar un par de lágrimas, resignada ante la evidencia de que el autor, D. Arturo Pérez-Reverte, detesta los finales felices.
     Aunque he de confesar que yo también envidio, igual que Lorenzo Quart, desde las tripas hasta el corazón, envidio esta manera suya de escribir cuando hace que me enamore de una frase, de un quiebro, de una de esas fórmulas sensibles, astutas, que te sorprenden, mientras que él se funde y se confunde, como un caballero emigrado, en cada página, en cada frase, y me eriza la piel, y me tomo, con mucho gusto, la pócima de hechicero que sólo él sabe macerar con los ingredientes perfectos, sutiles y embaucadores, que hace que lo consideremos el maestro definitivo.  
    Al final, y a pesar de que no nos deje el menor resquicio de esperanza, debo darle las gracias, D. Arturo, lo autores que escriben de esta manera nos regalan una sensación extraordinaria que emerge desde dentro hasta apretarnos la garganta….   
     E impregnada de su lectura dejo que me envuelvan los escenarios, con ese aroma de las flores que se esparce sobre las aceras sevillanas, mientras percibo sus palabras en el aire, recordando algunas de esas miradas reprochables, y entonces me atrapa la tensión, cayendo rendida ante la sensualidad… cuando, por un momento, me dañan los ruegos y hacen estragos los deseos que se esconden en esta novela, naciendo, por su efecto, esa perfecta mezcolanza que alienta mis sentidos… ¿qué más se puede soñar?   
    Gracias.