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martes, 12 de agosto de 2014

La carta esférica --

   

           Sin palabras…
      Respiro…, y dejo de respirar ante esta hoja en blanco a la que no sé como enfrentarme…
      …casi huérfana de esta novela ahora, a la que me encaré como si fuese un mar de palabras colocadas perfectamente, provocando -este entreolas, este singular entrevidas, este entresueños tan particular-, un estrepitoso gon en mi medidor personal de exigencias. Veloz llegó al final, arriba, donde se puntúan los tesoros.
      Un montoncito de hojas que te esperan…, con esa cautela, como si fuesen inofensivas; un libro no debería…, de esta manera no, no debería cautivarnos, cautivarme… (no sé si es la palabra correcta)…
      D. Arturo Pérez-Reverte ha conseguido que me inmiscuya en un viaje…, un viaje especial en una órbita atrayente donde me he dejado llevar por su elíptica de soledades, ansias, recuerdos, aptitudes, necesidades y sueños; entre miradas, deseos, debilidades, bondades, desinterés e intereses, y esa eterna confianza que se resiste a la desconfianza misma. Una historia bajo un cielo de estrellas que laten sobre un constante y maravilloso mar protagonista, donde los puertos emergen ofreciendo el desembarco a tierra. Lugares que acogen o repelen aunque siempre dadores de momentos mágicos y aceras desconcertantes… Y el Tiempo, que, como insistente recordatorio definitivo, va menguando la estela infinita del barco de la vida, esa que pensamos que no acabará nunca.
     Hechizada, perdida, y sola, me he sentido cuando he desembarcado en mi propio puerto. Prometo que jamás he cerrado un novela con esa sensación de pérdida, aunque volveré a leerla. Es un placer volver a abrirla, ahora que busco una frase de cómo el narrador está obsesionado con el corte de pelo de Tanger Soto…
      El guión no es la única razón, me ha subyugado por la manera, por la forma sutil con que el autor fragua como llegar al arpa de Caliope que se esconde en mi alma, y un vez asido, tocar, sin pudor, todas las cuerdas.
     Sorprendida, estoy muy sorprendida por la facilidad con que desgrana la sensualidad a cada poco, sin dejarme respirar. No es más grande el mar, majestuoso y capturador de páginas, que la tensión latente con la que Coy mira a Tanger Soto, o la piensa, soñando con las pecas de su cuerpo, necesitando contárselas todas, besarlas, muriéndose por recorrerlas y lamerlas una a una; aunque se conforma con mirarla con esa elegancia innata con la que impregna el autor a cada uno de sus protagonistas. Mientras, Coy se deshace …observando el cabello dorado y liso… …que descendía en dos líneas diagonales y sin embargo perfectas…
      No te captura el mar, por muy azul e infinito, cruel o magnánimo, que lo defina, más que la descripción del choque mismo de las bocas ávidas de vida, del impacto entre los cuerpos bajo la lluvia, de los labios desfogándose, alimentándose del otro. No es más importante el viento, ni las olas ni el destino de un velero cansado, ni tampoco el descubrimiento de un barco hundido -casi un reencuentro-, en medio de una reyerta, ni siquiera te tienta tan contundentemente el sentirte sumida en la grata realidad de un sueño verde, no más que el entramado de vida que late en cada página, con ese dolor refugiado en el alma…
      Y gozas -porque ahora sí, utilizo la palabra perfecta-, como si miraras a través de un caleidoscopio, en blanco y negro, con ese encaje y desencaje: el ajuste de los labios, de la lluvia en la piel, de las manos sobre la carne, de cómo ebulle la sangre y se desliza la locura en medio de una perfecta marejada, o bajo una tremenda tormenta; convenciéndote, el narrador, de la sublimidad de choque, con esa prisa elegante... La novela te atrapa a través de estos espejos sin colores (blanca la hoja, permitiendo la danzan druida de sus letras negras) en los que vislumbras la desnudez del cuerpo, y la decepción del alma… Mientras te engañas, no quieres pensar en el final, y sigues dando vueltas a este caleidoscopio mágico donde todo se modela y remodela…, hasta que te recorren por dentro sus ansias y sus desesperaciones, sus placeres, pero también, de una forma lacerante, sus soledades, sus miedos, sus íntimas obsesiones y sus absolutas determinaciones.
      Te resignas, y claudicas ante la tremenda realidad que impacta sobre la ensoñación, fragmentada, de pronto, en trozos de cristales claroscuros que se esparcen por la bodega de un barco viejo, sobre la esperanza verde, que es arrastrada por una ola de certezas que rompe…
     Y ante la evidencia de que todo, un día, empieza, y acaba todo al fin, cierro la novela, le busco un lugar especial en mi vitrina y elijo otra del mismo autor.
     D. Arturo, he de reprocharle el ser adicta.
    


Las frases en negrita  han sido extraídas de la novela La Carta Esférica de D. Arturo Pérez-Reverte.