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martes, 12 de agosto de 2014

Es verdad, Napoleón no existió. La Isla de los Jacintos Cortados --

Un cuaderno…, una carta de amor, una historia, un puñado de momentos reales, ficticios, soñados, imaginados. Generosidad con posos de artimaña. Armas de conquista. Lid encubierto. En todo caso una estrategia, una maravillosa estrategia con la que nos embauca, y de donde emana la propuesta de pensar, cada vez más intensa, más adictiva, más soberbia. 
    Una historia escrita desde el ángulo bisiesto de un profesor lucido, reflexivo, auténtico, desnudo, aunque vestido de recato y derivaciones. Enamorado hasta la médula, aunque destilador perfecto de la forma concreta con la que asumir la libertad de Ariadna, mientras atiende sus miedos, sus ilusiones, que aún haciéndole sangre, él lo asume con su total desventaja. Conforme Caballero que sabe utilizar el divino arte de la imaginación, del que se nutre; y solamente la mira, y a veces le acaricia las manos, deslizándose junto a ella desde el culmen de los respetos, alimentándose de sueños, deseos y recuerdos, y los recursos infinitos que le da la sabiduría.   
    Es difícil dar algo por hecho en esta novela, pero después de inmiscuirme con intención en la historia, deduzco que se trata de regodearse en los ordenes que nos manejan, en resaltarlos, siendo el amor y el desamor dirigidores imprescindibles del guión del mundo, el sexo como protagonista, cual telaraña inoculada en cada célula, y sobre todo hace una compleja exposición de la manipulación de la historia. Dibuja, pinta, ilustra un elaborado hincapié sobre la maleabilidad de los hilos de lo humano, desbaratando mitos y estructuras, abriendo ventanas a la reflexión, rompiendo decorados, destrozándolos, mientras muestra lo humano, lo previsible, lo antiguo, lo persistente, dejando en pelota al mundo para que el lector dilucide o asevere la existencia de Napoleones sin manipulaciones y disfraces, o Dioses del Olimpo mitificados, u Olimpo innegable. Dejando en pelota la honradez de la desnudez misma de cada uno. Nos hace indagar, y preguntarnos si existe algo tan impactante y real como las batallas que libramos todos, cada día, con nuestras Ariadnas o nuestros Claires.
     Mentiras, alteraciones, modificaciones, invenciones por intereses. Intereses. Retratos. Perfectos disfraces, antifaces, gestos heredados de siglos, amabilidades asumidas, requiebros comedidos.
    Se trata de lo humano; lo sabemos, pero no importa, seguimos escarbando en la búsqueda de esa realidad que nos sobrepasa cuando, tal vez, ante la Historia, nos sentimos pequeños e insignificantes, efímeros, pero a la vez minimiza el sufrimiento mismo, haciéndolos, en el milagro, más pequeños también. Ninguna compañía farmacéutica ha dado aún con un remedio más efectivo que el efecto de la proposición de un libro escrito por autores que nos hacen la vida más soportable.
     El Amor por la palabra surge en cada página, tanto en el profesor-narrador de la historia como en el autor, se entrevé que disfrutan ante este impactante galimatías -como si de un juego se tratase-, al dejar fluir su pluma sobre el papel, cual si fuese un río. Ciñéndome a la paradoja de Teseo, cuando aseveraba que tanto el hombre como el río siempre son distintos, incapaces de volver a encontrarse. Este libro da al río la entidad de recolector de ideas y de acumulador de pensamientos, en la nada intocable permanencia, y al hombre la posibilidad de crecer.
    Impresionante la lucidez del autor; hombres que no deberían morir nunca. Triste que deje de lucrarnos de la manera que lo hace, aunque siempre nos quedarán sus libros. Estaba enamorada de su trilogía "Los Gozos y Las Sombras", ahora estoy enamorada del hombre que ha estado siempre detrás de cada palabra, siempre siendo Carlos, siempre siendo Clara.
   Imprescindibles estos autores, por los que daría lo que no tengo si me propusieran compartir con ellos espacios, camilla y observación, cual tremendo y elocuente cielo nocturno, buscando respuestas, llegando a conclusiones, nutriéndote de camino, de recorrido, para descifrar la pátina arcaica con la que nos han pintado el escenario.
   Los dos protagonistas de la novela se extasían junto al fuego común, extraordinario fuego: pura alquimia descendiendo del cerebro a las tripas, vislumbrada al hogar de una chimenea, en la cual puede, todo aquel que se lo proponga, ver el pasado, el presente y el futuro, eso sí, con la perspectiva única de cada individuo, según sus riquezas, sus tesoros: el mobiliario insustituible, etéreo, inestimable, comprometido y frágil, que habita en la latente infinitud, que, aun creciente, sientes tantas veces estanca, casi con rostro propio. El tú oculto en cada uno.   
       Maniobras literarias del autor en un juego donde debemos dejarnos llevar, y descifrarlo: leer al revés, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, desde un lado, desde el otro, o bien extender un poco el brazo, mirando de frente cada sílaba y entreabrir los ojos; mezclar las palabras, separarlas, hurgar en ellas, escarbar hondo, visualizar la frase desde arriba, extraerla, escogiendo al fin la conclusión definitiva.

     Aún no he terminado la novela, pero me encuentro frente a una tesitura: ¿qué haré cuando la acabe y éste profesor, o el mismísimo D. Gonzalo Torrente Ballester, deje de susurrarme al oído?