Google+ Followers

viernes, 13 de junio de 2014

¿Quién es Ana Deacracia? -


     ¿Quién soy? esa es la pregunta. Vengo de un paisaje de reivindicación y tragedia. Mi abuelo tuvo que huir de España porque pretendía, iluso, un mundo un poco más justo. Pagó el precio involucrado en una guerra cruel. He de decir que nunca mató a nadie, pero él quedó herido, le dispararon a la esperanza, destrozada ante la alfombra eterna que un joven siente y espera ante sus pasos; a mi abuelo le dispararon al alma ante un camino interminable hacia otro mundo que por momentos se le quedaba casi vacío: dejaba tres hijas, una mujer y un sueño. No sólo tuvo que sobrevivir a tan tremendas heridas, también le dispararon en la dignidad y en la vergüenza de tener que claudicar ante adjetivos que desvirtuaban la esencia de las intenciones por las que muchos españoles, en ese infierno, dieron su vida y su muerte. Debió ser muy duro para él, aunque mi abuela pagó la peor parte, ella se quedó aquí, en presente, inmersa en la miseria y el miedo. Mi abuela Ana, que así se llamaba, no sentía vacío, sentía hambre, dolor, sentía las voces de sus hijas reclamando sustento, arraigadas a una esperanza que ya no tenía colores. Mi abuela le entregó a sus hijas, con la generosidad de las madres, su vida, imbuida en una realidad en la que sobrevivir era la tremenda comanda. Ya no había futuro, sólo el minuto presente para buscar aquello que calmara el hambre, para no escuchar el llanto... 
    Vivían encauzadas en la reeducación, se debía hablar bajito, y sufrir calladas para que el mundo no supiera de almas inquietas. Todos eran como un ejército taciturno y ausente, donde el trabajo se remuneraba con una simple porción de comida como compensación. Por ese ínfimo sueldo trabajaron mi abuela y sus hijas, limpiando suelos y aligerando suciedades de otros, que no contento con ello también vigilaban, a pie de faena, cada restregada o bayetazo, dirigiendo las manos y pisando las dignidades.
     Una España dictatorial llevaba la vara de mando, erguida y dispuesta a reivindicar su hegemonía. Triste, si echaban la vista atrás, y lo que arrastraban era a un pueblo sin ilusión ni palabra.
     Mi madre se crío en esa circunstancia, nunca tuvo sueños propios, los suyos eran los de los demás. Adoctrinada perfectamente para callar, y seguir a un marido, a quien le transmitían el mensaje de que el macho debía arrastrar de la manada en una posición de dominación indiscutible -así, los españoles de entonces, los hombres, se tragaban la impotencia que les producía esa sociedad que les indignaba y les manipulaba sin ser del todo conscientes. Dejándolos que se desfogaran en sus casas, con las sumisas resignadas que les esperaban temerosas e infelices -en muchos casos-, donde la mujer no tenía criterio, y solamente ocupaba el espacio entre la cocina y las puertas de sus inquietudes, sólo a las puertas…
      De mi madre empecé el camino; un mundo de inercia hacia la prosperidad ilusoria donde el tener algo tangible era tenerlo todo. En un mundo donde los libros eran una decoración de cuatro tomos de Círculo de lectores en una esquina. Mi padre nunca fue al colegio, mi madre fue muy poco pero se le quedó dentro esa herida profunda que arrastrará hasta que se muera.
    Crecíamos en un estrato social donde la educación era saber leer y escribir y poco más. Las inquietudes tenían que nacer de dentro, y emergían asustadas al entorno. Mutilados…, mis padres estaban en cierto modo mutilados: no eran capaces de vislumbrar que detrás de las palabras se encontraba el secreto. Me transmitieron muchas cosas, pero todos fuimos victimas de esa mutilación.
    Terminé la E.G.B. y estudié contabilidad, me fui por números casi olvidándome de las palabras, dejándolas en un segundo plano, sin darle excesiva importancia. Tampoco supe sospechar que en ellas estaba el camino de mi propia felicidad, aunque incluso llegué a editar un libro de poesías donde recogía la década desde los dieciséis a los veintiséis años "A orillas de un poema". Desde muy niña me gustaba escribir poesía, claro que sin métrica, ni pautas, pero creadas con el alma, hasta convertirme en una mujer donde el corazón manda y se desfoga sobre una blanca e impoluta hoja de papel, como recurso para obviar lo que ocurre al otra lado de mis cristaleras…
    Ahogada por unas circunstancias en mi trabajo, que ya se hacían insoportables, decidí, como escape y medicina, darle forma al sueño de escribir una novela, y entonces tiré de mi trolley particular huyendo de mi propia vida. Desfogué toda mis intenciones haciendo que volaran mi ilusión y mi esperanza sobre una Eva inventada que viajaba allí donde yo no podía… Descubrí, en el camino, muchas cosas, ¿cómo podía ser que, la confluencia entre un teclado, mis dedos, mi alma y mi cerebro, pudiera hacerme sentir tan poderosa? Arrastré a mi propia vida ese poder como recurso de supervivencia. Descubrí el encantamiento, la droga, la dependencia extraordinaria que se crea cuando una historia golpea dentro, queriendo tomar forma, y el tiempo se te escapa, y los días se diluyen, y tú no estás, y no eres… Tan sólo el rincón de tu sofá tiene los magníficos ingredientes para guarecerte y poder volar, volar sobre un teclado negro y prosaico que hará siempre las veces de alfombra mágica.
    Nunca he dejado de escribir, pero la novela hizo de revulsivo avivando la irresistible adicción de la que no voy a consentir zafarme. Escribir, da igual si es un poema, una historia de amor, un recuerdo, o un cuento, siempre será esa medicina imprescindible.
     No me da miedo la crítica, al contrario, en la crítica está la evolución y el aprendizaje. Me debato conmigo misma, no sé muy bien lo que se esconde detrás de este montón de páginas que me han hecho tan feliz. En principio me quedo con eso, pero si después consigo que alguien pase un rato agradable meciéndose sobre un trocito de una página concreta, que le encante y relea, por el puro placer de leer… Eso es soñar, y sé que los sueños son eso; si se cumplen, tenemos que reconocerlos como un regalo.
     El resto es la vida... 
Junio 2013