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sábado, 14 de junio de 2014

Max y el tango de la guardia vieja --

    La primavera del año pasado leí la novela de Pérez-Reverte El tango de la Guardia Vieja.  Aún, después de un año, sigo teniendo a Max oprimiendo mi garganta.
     Al principio te vas inmiscuyendo en la novela como en un viaje en el tiempo. El entorno empieza a secuestrarte, y se hace un lugar en tu cerebro y en tus ansias, aumentando la obsesión por bailar ese viejo tango, hasta que empiezas a darte cuenta que te estás redibujando, que empiezas a desaparecer, que desapareces de tu sofá para ir reapareciendo, como si fueses una sombra que comparte la historia con los personajes, sin que el mundo se dé cuenta…
      Durante los días que tardé en leerme la novela me envolvió el placer al presentir, al sentir, al disfrutar, cuando vas descubriendo, en el recorrido y la incertidumbre, que los brazos de Max te tientan, como si bailaras con él, y te dejas llevar por el ritmo sinuoso de sus ojos, de sus manos, cuando sientes perfectamente como te aprieta la cintura, atrapándote con la resignada valentía de su boca, cuando imaginas que va a deshacerse contra la tuya, en un solitario salón de baile de un barco muerto ahora. No es que me sintiera Mecha, la protagonista indiscutible de la novela, exquisita y sutil, ella, como un buen perfume; es que Max tiene el poder de hacerte bailar con él, o al menos te hace desearlo más allá de la comprensión de que es solamente un libro, y de que todo es una mera invención.
    Me pregunto que añade Reverte a la argamasa de sus novelas para que terminemos viviendo una verdadera experiencia, en vez de un lento y pausado, e interesante, por supuesto, mover de hojas. Pero él… con una sola frase es capaz de removerte como si una brisa urgente te rozara entera: "Tan guapo... Por Dios. Eras tan guapo... Tan prudente, tan canalla y tan guapo..."
     Sobre el escenario, en Sevilla, en el aire... -puede que fuese sobre un trozo del mundo inmaterial-, ...sobre el escenario que Atlas personalmente izó para mí, le dije a D. Arturo -bueno, fue mi sombra porque aún seguía secuestrada, no era yo-, que la novela me había parecido triste. Podría haberla descrito con muchos otros adjetivos, muchos, por todo lo que me había hecho sentir, pero sólo pude decirle que era triste, aunque añadí, presurosa, que toda una experiencia. Era mucho más que triste.
     Ha pasado un año y aún tengo a Max oprimiendo mi garganta, como digo. Pero seguiré leyendo cada novela de este autor, aunque nunca nos regale un protagonista al uso: triunfador, alquimista, de sonrisa amplia y ojos maliciosos, de palabra fácil y manos con prisas, un protagonista que nos ofrezca una historia de amor eterno. El autor ha cambiado mi perspectiva, y seguiré disfrutando de cada novela, de cada artículo, de cada trocito de reuniones de palabras que estén firmadas con su nombre, aunque, en la última hoja de la próxima historia de amor, otra vez, ese mundano, derrotado, elegante, más o menos canalla que otro de sus personajes, más o menos guapo, pero siempre atrapador y manejador de los hilos del alma, que nace y renace de la imaginación de este caballero llamado D. Arturo Pérez-Reverte, me haga claudicar.

Junio 2014

*La frase en cursiva y entrecomillada es de la novela El tango de la Guardia Vieja de D.Arturo Pérez-Reverte.