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domingo, 15 de junio de 2014

Esa es la paradoja --

     
 Él está. Está y es, como recurso de supervivencia, pero tiene la facultad de aniquilarnos. Esa es la paradoja. 

    Me acostumbré a esa ausencia tuya, mal entendida por los cinco sentidos que me restan del sexto que dormido se quedó. Me deshice de ti como quien olvida una historia que no hubiese ocurrido nunca. De los laberintos de tinta de mi memoria borré todo aquello que llevara tu nombre. Y me lavé muy bien la boca, para arrastrar palabras que no debí regalarte, y a mí ojos los reprendí por mirarte. A mi alma no le dije nada, estaba rancia y apagada como la órbita de mi teclado.
    Me acostumbré a pensarte malamente, a no juzgarte digno ni importante, me acostumbre a maldecirte y a transportarte por las capas más hondas de me circundan, las que llegan justamente a las tripas. Me deshice de ti como quien tira un cuadro antiguo; una vez pasado el maremoto tirose solo a la basura.
   Pero no cejas, capitán de mares ennegrecidos, instituto de tinieblas perseverantes. Figura que paseas por el mundo sin nada que le de cuerpo a tu interior más que tu propia oscuridad. No hallas el lugar donde arroparte porque nada eres capaz de dar, por egoísta. Ese poder tuyo de arrasar las luces y las simpatías, las algarabías y la fiesta, es de verdad inaguantable. Anulas las ansias de seguir los pasillos hacía adelante, fabricando caminos hacía atrás, hacia la sombra espesa de la habitación donde el cajón de la mesilla guarda el secreto.
    No hallas el lugar donde cobijarte porque robas la paz, el mejor regalo humano que roza con ello lo divino; esa paz sentida, detenida entre los paradigmas del ansia, esa paz tangible, expansible, generosa, compartible y blanca, como las alas amplias de un parapente que circula apacible los caminos que viajan por las arterias del alma.
    Tanto quiere para sí tu pobre vanidad, tu ego absurdo y equivocado, que no entregas la más minúscula gota de empatía, te la quedas para empatizar contigo mismo; aunque si no eres nadie y nada eres, solo un sentimiento acaparador de disfunciones ajenas, fabricante de desavenencias y antipático servidor de sueños asimétricos. Si realmente no eres hombre, sin nombre, sin patria, sobrevolando siempre los espacios sin un cuerpo, ni una forma tangible, si sólo eras una voz, un espectáculo en silencio, dejando a la mente que interprete tu guión con el más cruel y descorazonador argumento. ¿Qué me cuentas? Si sólo eres un nada gigante. 
   Por eso y por tantas cosas nunca nadie te reclamarán con amor, ese amor verdadero que nace del agradecimiento que se escapa por cada poro de la piel. Seguirás solo, caminando por caminos que nunca te llevaran a ningún lugar excepto al paraíso de tu propia soledad, o a tú propio infierno, hasta que urges otra vez en los ánimos ajenos y anides con tu maraña de ideas y sensaciones que probablemente no tomen forma nunca, o sí, para diluirse al final de la historia, con la historia, al abrazar definitivamente el mismo fin.
   Tira tu mandador de mensajes al aire, que si han de llegar llegaran, pero olvida mi nombre, que si vuelves a invadirme o secuestrarme, esta vez la venganza podría ser del colores y eso sí que no lo resistirías, porque tú, Miedo, eres infinitamente negro, más negro que los ojos del reloj que me advierten continuamente.