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domingo, 22 de junio de 2014

El hada madrina --

  
    Hace algunos años ya, mi ahijado se encontró en un tremendo apuro, una noche, después de esperar unas cuantas horas para no dar positivo en la prueba de alcoholemia, decidió con mala fortuna, eso seguro, aventurase: ...y una mañana preciosa de sábado, de sábado a las ocho de la madrugada, se encontró de bruces con la Guardia Civil. Claro, que mis compadres no debían enterarse nunca.  
   ¿Qué hace una buena madrina con un ahijado que se te deshace frente a una multa de quinientos euros que, si la paga rápidamente, se la reducen a doscientos cincuenta, pero que debe ser un secreto? 
    Fácil: tiré de las telas de colores que aún me quedaban de algún que otro disfraz de payaso, de algún que otro cumpleaños, y me las ingenié para hacer toda una colección de capas, pantalones, camisas y turbantes medievales, formando una tropa de payasos del medievo dispuesta a conquistar los doscientos cincuenta euros necesarios para salvarle el verano a este caballero trastocado, que de verdad se estaba volviendo loco.
   Así, con un batallón listo, compuesto por un improvisado reparto callejero (hijos, amigos, amigas, ect, ah, y yo misma), magistralmente maquillados, y con el pasacalles -que había resuelto en veinte minutos de inspiración caballeresca- perfectamente ensayado, arrasamos las casas de todos los familiares posibles y de algún que otro transeúnte que nos miraba completamente impresionado, no sólo por lo surrealista de la escena, -salidos todos de una especie de cuento animado y desconcertante-, no era sólo por eso; nosotros estamos dispuestos a agasajar al contribuyente, de hecho, si nos daba el aguinaldo, le ofrecíamos una bonita flor, gigante, roja, llamativa, pero si, por el contrario, no se inmutaba ni se arriscaba el bolsillo, el obsequio se trataba de una grande y esplendorosa Mierda -inspiración sacada de unos cartones de leche del Mercadona, macerados perfectamente y pintados de un color marrón irresistible-.
    Os adjunto el pasacalles, que es de lo que se trata.


Caballeros y caballeras, infantas e infantes,
¡la historia que nos ocupa
cuento al pueblo en un instante!

¡He aquí el sujeto contable
Caballero, como caballero andante,
como andante un poco vago,
más bien caballero sin caballo.
Por caballo: cuatro ruedas y un volante,
un volante traicionero,
¡y le traicionó el volante!
el volante al caballero...
Exactamente diría que
le traicionaron los tiempos,
el tiempo que transcurrió
entre trago, volante y tiempo.

Y yo les cuento:
un amanecer de sábado
reluciente el sol nacía
y a éste caballero, raudo,
la benemérita mía,
lo esperaba aberronchada
¡alcoholímetro en mano,
y la Espada de Damocles
para trincharnos al pavo!
El pavo, evidentemente,
el caballero presente,
que para penar su pena,
no va a penar en la trena,
se la juega en los bolsillos,
que los llena pronto y rápido,
o le duplican castigo.

Por eso yo, humilde pregonero,
ruego al pueblo tesorero,
un  gesto de compasión
con este arrepentido caballero,
que no volvería a ver
el cielo de madrugada
si supieran en su morada
que no controló el gaznate,
rebosando el ciquitraque
la marca de Zapatero.

Porque en los tiempos que corren
más vale ser Zapatero, ¡hijo!
que médico de altos vuelos,
por aquello de limpiar,
(a la vez que concienciar)
todo aquel bolsillo ajeno.

Qué me parece muy bien
que castiguen al plebeyo,
por eso, ¡he el plebeyo aquí
para escarnio y penitencia!

Pero tener indulgencia
que en vez de monstruos por molinos,
como veía Don Quijote,
a este pobre penitente,
de un tiempo a esta parte,
todos le parecemos agentes,
y no hay quien le quite en mente
que no somos más que gente.
Gente, espero, suficiente,
generosa y compresiva,
que nos ayude consciente
de la deuda compartida.

Y estamos aquí los sufrientes,
siempre agradecidos,
con vergüenza contenida,
con la cara maquillada,
y con la mano extendida...