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domingo, 22 de junio de 2014

Los gozos y las sombras --


    Leer Los Gozos y Las Sombras es volar entre estas dos sensaciones extraordinarias.
     Los gozos presentidos, deseados, que nos manipulan controlando las circunstancias, siendo capaces de cambiar el mundo, precipitando tu destino por el camino menos pensado. Según lata la codicia necesaria, surgen y se reinventan los gozos del alma, que una vez han echado a volar, difíciles el controlarlos o el someterlos, aunque tiremos de recursos con disfraces y artificios.            
    Las sombras son otra cosa: las penumbras y los recovecos que tenemos todos, y que tendemos a ocultar. Esas sombras... recreadas magistralmente por el autor D. Gonzalo Torrente Ballester, que debió ser alguien tremendamente juez consigo mismo, o, al menos, con el entorno, siendo capaz de diseccionar cada gestos, cada actitud, como si de un cadáver de Leonardo da Vinci se tratara, provocando, en el lector, la visualización del corazón de los personajes.
    Carlos siempre dubitativo, sin embargo, con la capacidad de embaucar, revistiéndose de ese poder que le da el conocimiento y la palabra, convenciendo a los demás, en un instante sólo: el momento que media entre su mirada y un conjunto de palabras pausadas, sentidas, contadas, concisas y estructuradas, de manera perfecta, con el vaivén justo de su sintonia, con el placer inherente a sus silencios…, pero siendo incapaz de convencerse a sí mismo. Carlos, ese alma errante que no encuentra su sitio, ese derrotado elegante -como diría D. Arturo Pérez-Reverte-, que se deja llevar por el viento o la marea, como un barco a la deriva, hasta encontrar el puerto..., o las manos que presienta cómodas para asirse, sin más, ofreciéndole al destino ente propio, evitando siempre, el enfrentarse a tesitura alguna; amoldándose al refugio propuesto por las mujeres que se encuentra, arropándose, como en un intento cobarde y disimulado por administrarse el suficiente calor, con el menor trabajo posible. Por un lado disfrutaba de Doña Mariana, que lo colmaba con su extraordinaria fuerza, con una empatía un tanto peculiar, mediando en un juego de sentimientos que ambos manejaban a la perfección, quizás porque el necesitaba su empuje y, Doña Mariana, el saberse proveedora de ello. Por otro lado lo satisfacía Rosario, fuente de placer y libertad, sin sentirse deudor ni acreedor, recorriendo libre el cuerpo de La Galana.
     Sin embargo, enfrentarse a Clara era la reafirmación de su debilidad, haciéndolo consciente de que él no era más que un espejismo, porque Clara, a pesar de su vulgaridad, su desparpajo, su falta de decoros y de formalismos, a pesar de arrastrar en su equipaje pecados infundados, aunque verdaderos en el contexto de la época, como todo aquello que se alimenta en las tertulias de comadres y en las habladurías de las tabernas. A pesar de todo ello, Clara era VERDAD, y esto, supongo, que a Carlos le daba miedo. Ella no tenía máscaras ni estaba sometida al encorsetamiento de esa sociedad en la que para subsistir debía amoldarse perfectamente a todo lo que se daba por hecho, que era ley, como la religión, o la aceptación de su condición y lo que ello conllevaba; no, ella no se supeditaba a la conformidad absoluta que le exigía su nivel social, por tanto, no se supeditaba al poderoso, y, por supuesto, se mantenía alejada de la resignación ante la vida, esa tremenda resignación por todo lo anterior y por el devenir, independientemente, de cómo, y, de qué manera, se presentara.
     Clara, con todos sus perjuicios y sus miedos, sus necesidades y sus deseos, sus ilusiones, sus esperanzas, y, sobre todo, con la acumulación, en su equipaje, de todo el amor del mundo, seguía el camino, estoica y paciente, asumiendo que debía tragarse todo ese sentimiento, porque Carlos no era más que un sueño. Ella, decidida y valiente, sin perder un atisbo de toda esa personalidad arrolladora que hacía que se desdibujara la mujer, observándose, sin ambages, ese animal escondido detrás de unos hermosos ojos vivos, latentes, que hacían promesas inconfesables. Ella, sin duda, era el prototipo de mujer de una generación que estaba por venir; frente a la cual, Carlos se debía de sentir muy pequeño…
      La vida siempre girando, girando hasta que les proporcionó el encuentro, pero las circunstancias los convirtió en enemigos desde el primer momento; esa clase de enemistad que flota en el ambiente, y en la que no existe culpables. Enemistad, innata y ladrona, latente y cruel, porque, a veces, lo impensable, lo difícil, lo imposible, es desnudar el alma. Complicado el asumir que la mácula sea consciente de la realidad en la plena extensión de la palabra. Carlos se presentía desnudo, desnudo ante tanta verdad. Clara, entonces, engañada, daba por hecho que sólo era deseo a sus ojos, no sintiéndose importante. Importante, ahí debía radicar el secreto.

     Qué me hubiera gustado cruzar una palabras con este magnífico escritor, y que me contará, cómo quien cuenta un cuento, todo aquello que se esconde en semejante historia, con sus palabras, de sus labios, y yo, seducida y primaria, lo escucharía como un espectador de primera fila, frente a la más esperada obra de teatro.