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miércoles, 11 de junio de 2014

Frederick, el húsar de Pérez-Reverte --


     No he podido resistirme a D. Arturo Pérez-Reverte, así que, de la veintena de libros que me regalaron por mi cumpleaños, elegí El Húsar. Reverte es un valor seguro, nunca me deja impasible; a cada una de sus novelas le ofrezco un trocito de mi alma para que se acomode. 
   Independientemente de cómo se desarrolle la historia, al final, este escritor imprescindible, consigue que afloren los sentimientos. El placer surge por el simple hecho de abrir el libro y un cúmulo de sensaciones emulsionan, un buen conjunto. A veces parece que te lo cuente solamente a ti. Es fácil imaginarlo en un rincón acogedor de una casa grande, adornado el espacio de libros antiguos, mientras escribe en su portátil justo lo que estás leyendo en ese momento;  y te llega como agua: "todo le pareció de pronto muy simple, elementalmente sencillo" porque el señor Pérez-Reverte escribe de esa manera suya, fluida, clara y transparente, y de vez en cuando te salpica en la cara, despertándote de está quimera en la que no dejamos vivir.   
     Es difícil que él sea capaz de llegar saber con exactitud lo que nos aporta. Como lector sabe de lo que hablo, pero dudo que pueda llegar a ser consciente de que lo él ofrece de una manera contundente. No sólo disfrutas, te estructura, te posiciona, te hace reflexionar; y en este mundo nuestro estamos faltos de personas que te hagan pensar. Pérez-Reverte es un sembrador de palabras...
    Bueno, se trataba de El Húsar:  es una novela sensible, con una crueldad que no se deja acomodar por la normalización instintiva cuando pensamos que eso es la guerra. Y, además, el mérito por ser la primera novela del autor.
   Sabía, cuando empecé a leerla, que terminaría llorando. Es la historia de húsar francés de diecinueve años que se inmiscuye en la guerra de la independencia española. Un chaval, como cualquier adolescente de hoy, aunque todo ocurriera en 1808. Pérez-Reverte consigue hacer que la historia sea joven, como el protagonista, entonces el dolor emerge. Dolor, es la palabra que me secuestra cuando recuerdo lo leído.
  Cuando hurgas, y asumes que, en cualquier otra España de este mundo nuestro, ahora, en presente, está ocurriendo exactamente lo mismo, el regusto tiene que ser de dolor, no te queda otra. Un crío de diecinueve años que emprendió una aventura buscando la gloria, embaucado con la idea de conquistar la luz. Que no digo que no, en esa guerra concreta, pero, cuántos jóvenes llevamos ya en las listas de las conquistas. Nuestro Húsar se sintió influido por las adulaciones, previstas y calculadas, de aquellos que necesitaban que la masa se enardeciera ante la idea de imponerse en nombre de la libertad y el progreso. ¿Por convicción o como recurso? Utilizar la guerra en vez de la palabra es una buena manera de hacer negocios fáciles y estrategias provechosas, con la sangre de otros, aunque, como daño colateral, se remueva todo el dolor del mundo, pero con la buena intención de llevar la luz a pueblos oscuros que de otra manera quedarían apartados y opacos  -era el caso, el momento y la excusa-. Erigiéndose llevadores de la libertad, seguramente, pero dando mamporros a diestro y siniestro, sin prever que la sangre salpica y la dignidad entonces se impone en el individuo. Es comprensible, aunque seas consciente que vienen a hacer de nuestro país una España distinta, tal vez más libre, más culta, más justa. ¿Pero, qué maneras son esas? Qué precio tan alto... Y surgió el patriotismo y la dignidad. Y la impotencia, en esta España nuestra, al comprender que la sangre era el precio, además de la propia idiosincrasia, y la forma antigua de ver y comprender las cosas. No es manera el avasallamiento. El camino es la cultura, despacio, entrando a gusto en la mente de cada uno, como un juego. Pero, como siempre, están aquellos que mandan, a los que no les interesa..., los que desvían la fórmula y la desvirtúan.
    Ingenuos quienes se dejan embaucar por los laureles y el reconocimiento, Frederick, el protagonista, se dio cuenta, pero para su desgracia fue demasiado tarde. Desubicado e indignado, con ese miedo adosado a su cintura, a sus manos y su cerebro, ese pavor que te hace olvidar incluso tu nombre, en medio de la desesperación, de campos españoles regados de cadáveres y sembrados de iras. Un mundo desmembrado a sus pies, donde el fango es el único elemento real, el fango y la carne rota y despedazada; caras que no lo son, cuerpos convertido en miseria, sueños esparcidos por el estercolero de la ambición, sobre tierra fértil convertida en un infierno. Árboles de donde mana la desconfianza, el odio, y la más completa y desoladora desesperanza.
      La lucha del hombre contra el hombre, por mera supervivencia, cuando al final no hay ideas, ni glorias, ni banderas; solo miedo, dolor, frío, angustia, y locura… Mientras los de siempre continúan delante de su damero extraordinario moviendo las piezas. A ellos no le salpica el sudor y la sangre; ni las lágrimas ni la condena perpetua de aquellos que han perdido a quienes más querían, y deben continuar con su penitencia al recordarlos.
    Somos capaces, descaradamente capaces, de asumir cientos de muertes en guerras ilógicas -todos los días, en alguna parte del mundo, ocurre. Qué absurdo somos-, y sin embargo, que comprensiblemente aceptable es, que si el muerto tiene nombre, sabes de su historia, de sus ilusiones, de sus esperanzas cortadas de un tajo pertinaz, aunque no haya ocurrido hoy, entonces te toca la fibra, y la pérdida de una sola persona puede hacerte llorar. Increíble…, como la vida.
     Increíble, como la manera de este autor de meter, sibilino, los dedos hasta llegarnos a las tripas y hacernos cómplices del desastre, a cada persona, uno a uno a cada individuo, haciéndonos ver que todos somos culpables, que  nadie se salva, y que todos morimos, un poco, en cada guerra, en cada injusticia, en cada rincón de este mísero mundo, en el que, al menos por respeto hacia a los que hemos subido a él, debemos mantener, no digo la esperanza, que es difícil, pero sí la compostura, para no desesperar.
     Por eso, señor Pérez-Reverte, dejo a Frederick en mi estantería y, buscando ese otro mundo paralelo que usted nos ofrece para sobrevivir, me agarro con fuerza a ese Templario solitario que vive bajo un cielo sin Dios, que anda sacando de quicio.