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domingo, 22 de junio de 2014

Los gozos y las sombras --


    Leer Los Gozos y Las Sombras es volar entre estas dos sensaciones extraordinarias.
     Los gozos presentidos, deseados, que nos manipulan controlando las circunstancias, siendo capaces de cambiar el mundo, precipitando tu destino por el camino menos pensado. Según lata la codicia necesaria, surgen y se reinventan los gozos del alma, que una vez han echado a volar, difíciles el controlarlos o el someterlos, aunque tiremos de recursos con disfraces y artificios.            
    Las sombras son otra cosa: las penumbras y los recovecos que tenemos todos, y que tendemos a ocultar. Esas sombras... recreadas magistralmente por el autor D. Gonzalo Torrente Ballester, que debió ser alguien tremendamente juez consigo mismo, o, al menos, con el entorno, siendo capaz de diseccionar cada gestos, cada actitud, como si de un cadáver de Leonardo da Vinci se tratara, provocando, en el lector, la visualización del corazón de los personajes.
    Carlos siempre dubitativo, sin embargo, con la capacidad de embaucar, revistiéndose de ese poder que le da el conocimiento y la palabra, convenciendo a los demás, en un instante sólo: el momento que media entre su mirada y un conjunto de palabras pausadas, sentidas, contadas, concisas y estructuradas, de manera perfecta, con el vaivén justo de su sintonia, con el placer inherente a sus silencios…, pero siendo incapaz de convencerse a sí mismo. Carlos, ese alma errante que no encuentra su sitio, ese derrotado elegante -como diría D. Arturo Pérez-Reverte-, que se deja llevar por el viento o la marea, como un barco a la deriva, hasta encontrar el puerto..., o las manos que presienta cómodas para asirse, sin más, ofreciéndole al destino ente propio, evitando siempre, el enfrentarse a tesitura alguna; amoldándose al refugio propuesto por las mujeres que se encuentra, arropándose, como en un intento cobarde y disimulado por administrarse el suficiente calor, con el menor trabajo posible. Por un lado disfrutaba de Doña Mariana, que lo colmaba con su extraordinaria fuerza, con una empatía un tanto peculiar, mediando en un juego de sentimientos que ambos manejaban a la perfección, quizás porque el necesitaba su empuje y, Doña Mariana, el saberse proveedora de ello. Por otro lado lo satisfacía Rosario, fuente de placer y libertad, sin sentirse deudor ni acreedor, recorriendo libre el cuerpo de La Galana.
     Sin embargo, enfrentarse a Clara era la reafirmación de su debilidad, haciéndolo consciente de que él no era más que un espejismo, porque Clara, a pesar de su vulgaridad, su desparpajo, su falta de decoros y de formalismos, a pesar de arrastrar en su equipaje pecados infundados, aunque verdaderos en el contexto de la época, como todo aquello que se alimenta en las tertulias de comadres y en las habladurías de las tabernas. A pesar de todo ello, Clara era VERDAD, y esto, supongo, que a Carlos le daba miedo. Ella no tenía máscaras ni estaba sometida al encorsetamiento de esa sociedad en la que para subsistir debía amoldarse perfectamente a todo lo que se daba por hecho, que era ley, como la religión, o la aceptación de su condición y lo que ello conllevaba; no, ella no se supeditaba a la conformidad absoluta que le exigía su nivel social, por tanto, no se supeditaba al poderoso, y, por supuesto, se mantenía alejada de la resignación ante la vida, esa tremenda resignación por todo lo anterior y por el devenir, independientemente, de cómo, y, de qué manera, se presentara.
     Clara, con todos sus perjuicios y sus miedos, sus necesidades y sus deseos, sus ilusiones, sus esperanzas, y, sobre todo, con la acumulación, en su equipaje, de todo el amor del mundo, seguía el camino, estoica y paciente, asumiendo que debía tragarse todo ese sentimiento, porque Carlos no era más que un sueño. Ella, decidida y valiente, sin perder un atisbo de toda esa personalidad arrolladora que hacía que se desdibujara la mujer, observándose, sin ambages, ese animal escondido detrás de unos hermosos ojos vivos, latentes, que hacían promesas inconfesables. Ella, sin duda, era el prototipo de mujer de una generación que estaba por venir; frente a la cual, Carlos se debía de sentir muy pequeño…
      La vida siempre girando, girando hasta que les proporcionó el encuentro, pero las circunstancias los convirtió en enemigos desde el primer momento; esa clase de enemistad que flota en el ambiente, y en la que no existe culpables. Enemistad, innata y ladrona, latente y cruel, porque, a veces, lo impensable, lo difícil, lo imposible, es desnudar el alma. Complicado el asumir que la mácula sea consciente de la realidad en la plena extensión de la palabra. Carlos se presentía desnudo, desnudo ante tanta verdad. Clara, entonces, engañada, daba por hecho que sólo era deseo a sus ojos, no sintiéndose importante. Importante, ahí debía radicar el secreto.

     Qué me hubiera gustado cruzar una palabras con este magnífico escritor, y que me contará, cómo quien cuenta un cuento, todo aquello que se esconde en semejante historia, con sus palabras, de sus labios, y yo, seducida y primaria, lo escucharía como un espectador de primera fila, frente a la más esperada obra de teatro.


El hada madrina --

  
    Hace algunos años ya, mi ahijado se encontró en un tremendo apuro, una noche, después de esperar unas cuantas horas para no dar positivo en la prueba de alcoholemia, decidió con mala fortuna, eso seguro, aventurase: ...y una mañana preciosa de sábado, de sábado a las ocho de la madrugada, se encontró de bruces con la Guardia Civil. Claro, que mis compadres no debían enterarse nunca.  
   ¿Qué hace una buena madrina con un ahijado que se te deshace frente a una multa de quinientos euros que, si la paga rápidamente, se la reducen a doscientos cincuenta, pero que debe ser un secreto? 
    Fácil: tiré de las telas de colores que aún me quedaban de algún que otro disfraz de payaso, de algún que otro cumpleaños, y me las ingenié para hacer toda una colección de capas, pantalones, camisas y turbantes medievales, formando una tropa de payasos del medievo dispuesta a conquistar los doscientos cincuenta euros necesarios para salvarle el verano a este caballero trastocado, que de verdad se estaba volviendo loco.
   Así, con un batallón listo, compuesto por un improvisado reparto callejero (hijos, amigos, amigas, ect, ah, y yo misma), magistralmente maquillados, y con el pasacalles -que había resuelto en veinte minutos de inspiración caballeresca- perfectamente ensayado, arrasamos las casas de todos los familiares posibles y de algún que otro transeúnte que nos miraba completamente impresionado, no sólo por lo surrealista de la escena, -salidos todos de una especie de cuento animado y desconcertante-, no era sólo por eso; nosotros estamos dispuestos a agasajar al contribuyente, de hecho, si nos daba el aguinaldo, le ofrecíamos una bonita flor, gigante, roja, llamativa, pero si, por el contrario, no se inmutaba ni se arriscaba el bolsillo, el obsequio se trataba de una grande y esplendorosa Mierda -inspiración sacada de unos cartones de leche del Mercadona, macerados perfectamente y pintados de un color marrón irresistible-.
    Os adjunto el pasacalles, que es de lo que se trata.


Caballeros y caballeras, infantas e infantes,
¡la historia que nos ocupa
cuento al pueblo en un instante!

¡He aquí el sujeto contable
Caballero, como caballero andante,
como andante un poco vago,
más bien caballero sin caballo.
Por caballo: cuatro ruedas y un volante,
un volante traicionero,
¡y le traicionó el volante!
el volante al caballero...
Exactamente diría que
le traicionaron los tiempos,
el tiempo que transcurrió
entre trago, volante y tiempo.

Y yo les cuento:
un amanecer de sábado
reluciente el sol nacía
y a éste caballero, raudo,
la benemérita mía,
lo esperaba aberronchada
¡alcoholímetro en mano,
y la Espada de Damocles
para trincharnos al pavo!
El pavo, evidentemente,
el caballero presente,
que para penar su pena,
no va a penar en la trena,
se la juega en los bolsillos,
que los llena pronto y rápido,
o le duplican castigo.

Por eso yo, humilde pregonero,
ruego al pueblo tesorero,
un  gesto de compasión
con este arrepentido caballero,
que no volvería a ver
el cielo de madrugada
si supieran en su morada
que no controló el gaznate,
rebosando el ciquitraque
la marca de Zapatero.

Porque en los tiempos que corren
más vale ser Zapatero, ¡hijo!
que médico de altos vuelos,
por aquello de limpiar,
(a la vez que concienciar)
todo aquel bolsillo ajeno.

Qué me parece muy bien
que castiguen al plebeyo,
por eso, ¡he el plebeyo aquí
para escarnio y penitencia!

Pero tener indulgencia
que en vez de monstruos por molinos,
como veía Don Quijote,
a este pobre penitente,
de un tiempo a esta parte,
todos le parecemos agentes,
y no hay quien le quite en mente
que no somos más que gente.
Gente, espero, suficiente,
generosa y compresiva,
que nos ayude consciente
de la deuda compartida.

Y estamos aquí los sufrientes,
siempre agradecidos,
con vergüenza contenida,
con la cara maquillada,
y con la mano extendida...















La ingenua ilusión --

     
Sus dedos entrelazados
en el lazo azul de mi vestido.
Juega, lo acaricia, lo malea
atrayéndome por inercia hacia sí.
Imaginando el vuelo
en el marco rosado de mis labios
pintando amor y deseo
entre conquista y reconquista;
en su paleta de pintor, colores claros
con el ritmo del preso que no tiene prisa.
Su mirada ingenua y rota, cuerda y loca
me sumerge en mar de olas 
del rompiente primario
al que ganas y pierdes en la batalla
en la que mueres y sobrevives
al sentir el sentido que incita a vivir.”


Apoyada en el alféizar de mi ventana
con la perspectiva que me regala el tiempo
se abre bajo mis pies
el precipicio inmenso del pasado
los recuerdos donde todo confluye
en un caos penoso e imperfecto.
Me emociono al recordar
el intenso sabor de la esperanza
atropellando mi garganta
al ir tejiendo una vida ideal
como encajes de hilos trenzados
con la belleza abstracta e impoluta
que se esconde en los sueños.

Todo fluye, cambia, evoluciona y cae.
Mi cerebro se abruma y reconcome:
“tu energía, tu amor y tu cariño
a cachos lo regalaste"
Todo se transforma, como el río
que se precipita en su lecho
y  desvanece el sueño
que se diluye a golpes contra el mar.

Se escaparon sin querer entre mis dedos
las horas, los minutos, los momentos
los lienzos que pintamos con esmero
fueron tomando gris y oscureciendo.

El color del cielo ya es distinto, el olor a tierra
el sabor del viento que reclama realidad,
realidad que sólo dura un momento
que se pierde en el pozo de los tiempos
sin poder ya nunca regresar.


Apoyada en el alféizar de mi ventana
me niego a hurgar en el abismo oscuro
que se abre ajeno y sólo quiero recordar,
sus dedos entrelazados
en el azul celeste del lazo
de mi vestido azul.


                                                                            
      
              No es, como parece, un  canto  al  amor,  sino a la esperanza, y sobre todo a la
         ingenua ilusión que se tiene cuando eres joven y puedes permitirte ese lujo.
             Es  un  reencuentro  con  el  recuerdo  de  aquella sensación que disfrutábamos
        cuando  creíamos   que  el   mundo  nos  esperaba  como  protagonista, en vez de 
       simple atrezo del engranaje en el que nos movemos por la simple inercia del tiempo.

2010

                                      


sábado, 21 de junio de 2014

Angie, eres como un poema --*

Una laguna dulce, con un sol calentito
de una mañana buena
el migajón mullido de una hornada de leña
la cúspide dorada, imprescindible
de una soñada magdalena
cuando no se ha desayunado todavía.

Un campo de amapolas silvestres
con sus alas sutiles colmadas de belleza
que anidan, cual cometas rojos
en un campo de hierba
con margaritas blancas esparcidas entre ellas
que no saben, calladas, que son rosas y perlas.

No sabría componerte un poesía
porque tú eres la esencia misma del poema
la rima perseguida, la codiciada armonía
la métrica perfecta
las palabras que se entrelazan
de esa sorprendente y elocuente manera
que sensibiliza y abona el alma del poeta.
La frase, el verso, la prosa,
la alquimia de su conjunto.
No sé qué te diría si de una poesía se tratara.
Eres la belleza tangible,
con esa tenue ternura que le da forma y luz
a tu serena y compleja sinestesia
que hace adicto de ti a aquel al que secuestras.

Eres, serás, y tienes la bonita
poesía, hechizante y maravillosa
que se esconde en las letras.





Ese abril primero en los ojos de Belen --*

El verde desleído, intenso, decorando
como un abril primero el espejismo liquido
de tu mirada, dando un tanto de oscuridad
a la tremenda primavera que se esconde en tus ojos.

No tendría tiempo suficiente
para resumir lo que se debe sentir enamorado
cuando matizas tonos al viento de esmeraldas
con el capricho cariñoso
de los volantes de las aceras ocultas de tu alma
y se arremolinen todos al mismo tiempo.

Y cuando te precipitas, juntando todos los sentires
en ese febril, joven, enamoramiento
al mirar encandilada a tu enamorado.

No tendría tiempo suficiente para relatarte tanto...
Solo recapitulo lo que se esconde
tras los cristalinos claros que me miran
cual una mañana limpia y transparente del verano
ese trozo de mar verdiclaro
-color de la esperanza de tus ojos-
cuando las olas se prestan al desafío
que se esconden bajo la perfección inmaculada
de tu acostumbrado alegre claro-verdeo
como el beso de un niño
que te conmueve con su precipitada
ingenuidad y su extraordinaria complacencia.

Y robando palabras a Juan Ramón
que enardecía la inmensa necesidad
por esa sensibilidad necesaria
me secuestra el pensamiento una frase eterna:
¡la transparencia de tus ojos, Dios, tu transparencia!


martes, 17 de junio de 2014

Poeta de la Sierra -

Yo no envidio tesoros ni perfiles
riquezas ni estructuras,
sueño el arrebatarte o compartirte
el alma, que se espuma de tus formas
en el cariz musical de tu tono
y en el embrujo intenso de tu voz,
cuando caminas por senderos lejanos
entre las tantas palabras que imaginas
decorando tu alrededor
con su manera concreta
en el verso adecuado al que das aroma y color,
en el contexto exacto, cada intención,
como las flores de esa sierra tuya.

Poeta de las montañas y el cielo,
que, entre campos de flores amarillas
y rojas amapolas, te sientes,
cual pájaro trovador,

con todas las riquezas del mundo.



Se me fue una b -

       
 Puede ocurrirle a cualquiera. Pues, sí, se me fue una b, y acostumbrada a que el corrector me avise cuando le doy a la tecla equivocada, pasó lo que pasó, y, coloqué un baso en lugar de un vaso simple, de sólo un vaso. En esté caso, claro está, el corrector  se mantuvo callado, con esa risita mala, como diría Juan Ramón Jiménez de su Fernandillo.

Como la bergüenza sueña con ser más evidente,

por escondida,

como las benas, por amplias e importantes,

como el bicario, por sentirse presente,

como la bictoria, puede pensarse más elogiada,

como la Nochevuena, más ausente,

por ser noche en definitiva.

como mi baso, por ser de tubo, más altivo,

se quiso erigir, significándose.

No puedo imaginar
lo que puede esconderse en mi novela,
quizás por sentirse diferente,

porque mi alma, que es distinta, vagabundea

oculta en cada rincón de cada letra,

cansada de estar siempre expuesta y afligida,
necesita entonces la b como recurso,
la v la menosprecia por díscola y abierta.  

Y, sin embargo, a la b, por tener más cabida,

la presiente más cómoda.

Por eso, esta tarde, se ha colado,
acostumbrada, sin permiso,
y, además, te espera, caprichosa,

en la pagina 258 para más INRI.

Qué si mi novela no te gusta,

como buena pesimista

me quedo con el lado positivo

de que entonces no pasaré la vergüenza...


Y no me negarás que en esta tesitura,

arrastramos ambos la penitencia, 

yo por herida y tú por exigente.

Por eso te pedí que fueras venebolente, por favor,

que lo escribo con vb  por no haberme atendido

en mi rogatoria.

Aunque, al fin y al cabo, ha sido una experiencia.

Nos vamos conociendo ¡que remedio!

SI LA VERDAD NO TIENE DONDE ESCONDERSE.


Y no te quepa la menor duda

que de herida paso a estar agradecida,

porque jamás volveré a dar a un vaso tal licencia.

Ni, por supuesto, buscaré otra letra donde esconderme,

para no regalarte mi transparencia.
Y, además, como advertencia,
no volverás a contemplarme nunca tan desnuda,

que me das más pudor

que verme en la obligación de ser nudista.








domingo, 15 de junio de 2014

Esa es la paradoja --

     
 Él está. Está y es, como recurso de supervivencia, pero tiene la facultad de aniquilarnos. Esa es la paradoja. 

    Me acostumbré a esa ausencia tuya, mal entendida por los cinco sentidos que me restan del sexto que dormido se quedó. Me deshice de ti como quien olvida una historia que no hubiese ocurrido nunca. De los laberintos de tinta de mi memoria borré todo aquello que llevara tu nombre. Y me lavé muy bien la boca, para arrastrar palabras que no debí regalarte, y a mí ojos los reprendí por mirarte. A mi alma no le dije nada, estaba rancia y apagada como la órbita de mi teclado.
    Me acostumbré a pensarte malamente, a no juzgarte digno ni importante, me acostumbre a maldecirte y a transportarte por las capas más hondas de me circundan, las que llegan justamente a las tripas. Me deshice de ti como quien tira un cuadro antiguo; una vez pasado el maremoto tirose solo a la basura.
   Pero no cejas, capitán de mares ennegrecidos, instituto de tinieblas perseverantes. Figura que paseas por el mundo sin nada que le de cuerpo a tu interior más que tu propia oscuridad. No hallas el lugar donde arroparte porque nada eres capaz de dar, por egoísta. Ese poder tuyo de arrasar las luces y las simpatías, las algarabías y la fiesta, es de verdad inaguantable. Anulas las ansias de seguir los pasillos hacía adelante, fabricando caminos hacía atrás, hacia la sombra espesa de la habitación donde el cajón de la mesilla guarda el secreto.
    No hallas el lugar donde cobijarte porque robas la paz, el mejor regalo humano que roza con ello lo divino; esa paz sentida, detenida entre los paradigmas del ansia, esa paz tangible, expansible, generosa, compartible y blanca, como las alas amplias de un parapente que circula apacible los caminos que viajan por las arterias del alma.
    Tanto quiere para sí tu pobre vanidad, tu ego absurdo y equivocado, que no entregas la más minúscula gota de empatía, te la quedas para empatizar contigo mismo; aunque si no eres nadie y nada eres, solo un sentimiento acaparador de disfunciones ajenas, fabricante de desavenencias y antipático servidor de sueños asimétricos. Si realmente no eres hombre, sin nombre, sin patria, sobrevolando siempre los espacios sin un cuerpo, ni una forma tangible, si sólo eras una voz, un espectáculo en silencio, dejando a la mente que interprete tu guión con el más cruel y descorazonador argumento. ¿Qué me cuentas? Si sólo eres un nada gigante. 
   Por eso y por tantas cosas nunca nadie te reclamarán con amor, ese amor verdadero que nace del agradecimiento que se escapa por cada poro de la piel. Seguirás solo, caminando por caminos que nunca te llevaran a ningún lugar excepto al paraíso de tu propia soledad, o a tú propio infierno, hasta que urges otra vez en los ánimos ajenos y anides con tu maraña de ideas y sensaciones que probablemente no tomen forma nunca, o sí, para diluirse al final de la historia, con la historia, al abrazar definitivamente el mismo fin.
   Tira tu mandador de mensajes al aire, que si han de llegar llegaran, pero olvida mi nombre, que si vuelves a invadirme o secuestrarme, esta vez la venganza podría ser del colores y eso sí que no lo resistirías, porque tú, Miedo, eres infinitamente negro, más negro que los ojos del reloj que me advierten continuamente.


sábado, 14 de junio de 2014

Max y el tango de la guardia vieja --

    La primavera del año pasado leí la novela de Pérez-Reverte El tango de la Guardia Vieja.  Aún, después de un año, sigo teniendo a Max oprimiendo mi garganta.
     Al principio te vas inmiscuyendo en la novela como en un viaje en el tiempo. El entorno empieza a secuestrarte, y se hace un lugar en tu cerebro y en tus ansias, aumentando la obsesión por bailar ese viejo tango, hasta que empiezas a darte cuenta que te estás redibujando, que empiezas a desaparecer, que desapareces de tu sofá para ir reapareciendo, como si fueses una sombra que comparte la historia con los personajes, sin que el mundo se dé cuenta…
      Durante los días que tardé en leerme la novela me envolvió el placer al presentir, al sentir, al disfrutar, cuando vas descubriendo, en el recorrido y la incertidumbre, que los brazos de Max te tientan, como si bailaras con él, y te dejas llevar por el ritmo sinuoso de sus ojos, de sus manos, cuando sientes perfectamente como te aprieta la cintura, atrapándote con la resignada valentía de su boca, cuando imaginas que va a deshacerse contra la tuya, en un solitario salón de baile de un barco muerto ahora. No es que me sintiera Mecha, la protagonista indiscutible de la novela, exquisita y sutil, ella, como un buen perfume; es que Max tiene el poder de hacerte bailar con él, o al menos te hace desearlo más allá de la comprensión de que es solamente un libro, y de que todo es una mera invención.
    Me pregunto que añade Reverte a la argamasa de sus novelas para que terminemos viviendo una verdadera experiencia, en vez de un lento y pausado, e interesante, por supuesto, mover de hojas. Pero él… con una sola frase es capaz de removerte como si una brisa urgente te rozara entera: "Tan guapo... Por Dios. Eras tan guapo... Tan prudente, tan canalla y tan guapo..."
     Sobre el escenario, en Sevilla, en el aire... -puede que fuese sobre un trozo del mundo inmaterial-, ...sobre el escenario que Atlas personalmente izó para mí, le dije a D. Arturo -bueno, fue mi sombra porque aún seguía secuestrada, no era yo-, que la novela me había parecido triste. Podría haberla descrito con muchos otros adjetivos, muchos, por todo lo que me había hecho sentir, pero sólo pude decirle que era triste, aunque añadí, presurosa, que toda una experiencia. Era mucho más que triste.
     Ha pasado un año y aún tengo a Max oprimiendo mi garganta, como digo. Pero seguiré leyendo cada novela de este autor, aunque nunca nos regale un protagonista al uso: triunfador, alquimista, de sonrisa amplia y ojos maliciosos, de palabra fácil y manos con prisas, un protagonista que nos ofrezca una historia de amor eterno. El autor ha cambiado mi perspectiva, y seguiré disfrutando de cada novela, de cada artículo, de cada trocito de reuniones de palabras que estén firmadas con su nombre, aunque, en la última hoja de la próxima historia de amor, otra vez, ese mundano, derrotado, elegante, más o menos canalla que otro de sus personajes, más o menos guapo, pero siempre atrapador y manejador de los hilos del alma, que nace y renace de la imaginación de este caballero llamado D. Arturo Pérez-Reverte, me haga claudicar.

Junio 2014

*La frase en cursiva y entrecomillada es de la novela El tango de la Guardia Vieja de D.Arturo Pérez-Reverte.


viernes, 13 de junio de 2014

¿Quién es Ana Deacracia? -


     ¿Quién soy? esa es la pregunta. Vengo de un paisaje de reivindicación y tragedia. Mi abuelo tuvo que huir de España porque pretendía, iluso, un mundo un poco más justo. Pagó el precio involucrado en una guerra cruel. He de decir que nunca mató a nadie, pero él quedó herido, le dispararon a la esperanza, destrozada ante la alfombra eterna que un joven siente y espera ante sus pasos; a mi abuelo le dispararon al alma ante un camino interminable hacia otro mundo que por momentos se le quedaba casi vacío: dejaba tres hijas, una mujer y un sueño. No sólo tuvo que sobrevivir a tan tremendas heridas, también le dispararon en la dignidad y en la vergüenza de tener que claudicar ante adjetivos que desvirtuaban la esencia de las intenciones por las que muchos españoles, en ese infierno, dieron su vida y su muerte. Debió ser muy duro para él, aunque mi abuela pagó la peor parte, ella se quedó aquí, en presente, inmersa en la miseria y el miedo. Mi abuela Ana, que así se llamaba, no sentía vacío, sentía hambre, dolor, sentía las voces de sus hijas reclamando sustento, arraigadas a una esperanza que ya no tenía colores. Mi abuela le entregó a sus hijas, con la generosidad de las madres, su vida, imbuida en una realidad en la que sobrevivir era la tremenda comanda. Ya no había futuro, sólo el minuto presente para buscar aquello que calmara el hambre, para no escuchar el llanto... 
    Vivían encauzadas en la reeducación, se debía hablar bajito, y sufrir calladas para que el mundo no supiera de almas inquietas. Todos eran como un ejército taciturno y ausente, donde el trabajo se remuneraba con una simple porción de comida como compensación. Por ese ínfimo sueldo trabajaron mi abuela y sus hijas, limpiando suelos y aligerando suciedades de otros, que no contento con ello también vigilaban, a pie de faena, cada restregada o bayetazo, dirigiendo las manos y pisando las dignidades.
     Una España dictatorial llevaba la vara de mando, erguida y dispuesta a reivindicar su hegemonía. Triste, si echaban la vista atrás, y lo que arrastraban era a un pueblo sin ilusión ni palabra.
     Mi madre se crío en esa circunstancia, nunca tuvo sueños propios, los suyos eran los de los demás. Adoctrinada perfectamente para callar, y seguir a un marido, a quien le transmitían el mensaje de que el macho debía arrastrar de la manada en una posición de dominación indiscutible -así, los españoles de entonces, los hombres, se tragaban la impotencia que les producía esa sociedad que les indignaba y les manipulaba sin ser del todo conscientes. Dejándolos que se desfogaran en sus casas, con las sumisas resignadas que les esperaban temerosas e infelices -en muchos casos-, donde la mujer no tenía criterio, y solamente ocupaba el espacio entre la cocina y las puertas de sus inquietudes, sólo a las puertas…
      De mi madre empecé el camino; un mundo de inercia hacia la prosperidad ilusoria donde el tener algo tangible era tenerlo todo. En un mundo donde los libros eran una decoración de cuatro tomos de Círculo de lectores en una esquina. Mi padre nunca fue al colegio, mi madre fue muy poco pero se le quedó dentro esa herida profunda que arrastrará hasta que se muera.
    Crecíamos en un estrato social donde la educación era saber leer y escribir y poco más. Las inquietudes tenían que nacer de dentro, y emergían asustadas al entorno. Mutilados…, mis padres estaban en cierto modo mutilados: no eran capaces de vislumbrar que detrás de las palabras se encontraba el secreto. Me transmitieron muchas cosas, pero todos fuimos victimas de esa mutilación.
    Terminé la E.G.B. y estudié contabilidad, me fui por números casi olvidándome de las palabras, dejándolas en un segundo plano, sin darle excesiva importancia. Tampoco supe sospechar que en ellas estaba el camino de mi propia felicidad, aunque incluso llegué a editar un libro de poesías donde recogía la década desde los dieciséis a los veintiséis años "A orillas de un poema". Desde muy niña me gustaba escribir poesía, claro que sin métrica, ni pautas, pero creadas con el alma, hasta convertirme en una mujer donde el corazón manda y se desfoga sobre una blanca e impoluta hoja de papel, como recurso para obviar lo que ocurre al otra lado de mis cristaleras…
    Ahogada por unas circunstancias en mi trabajo, que ya se hacían insoportables, decidí, como escape y medicina, darle forma al sueño de escribir una novela, y entonces tiré de mi trolley particular huyendo de mi propia vida. Desfogué toda mis intenciones haciendo que volaran mi ilusión y mi esperanza sobre una Eva inventada que viajaba allí donde yo no podía… Descubrí, en el camino, muchas cosas, ¿cómo podía ser que, la confluencia entre un teclado, mis dedos, mi alma y mi cerebro, pudiera hacerme sentir tan poderosa? Arrastré a mi propia vida ese poder como recurso de supervivencia. Descubrí el encantamiento, la droga, la dependencia extraordinaria que se crea cuando una historia golpea dentro, queriendo tomar forma, y el tiempo se te escapa, y los días se diluyen, y tú no estás, y no eres… Tan sólo el rincón de tu sofá tiene los magníficos ingredientes para guarecerte y poder volar, volar sobre un teclado negro y prosaico que hará siempre las veces de alfombra mágica.
    Nunca he dejado de escribir, pero la novela hizo de revulsivo avivando la irresistible adicción de la que no voy a consentir zafarme. Escribir, da igual si es un poema, una historia de amor, un recuerdo, o un cuento, siempre será esa medicina imprescindible.
     No me da miedo la crítica, al contrario, en la crítica está la evolución y el aprendizaje. Me debato conmigo misma, no sé muy bien lo que se esconde detrás de este montón de páginas que me han hecho tan feliz. En principio me quedo con eso, pero si después consigo que alguien pase un rato agradable meciéndose sobre un trocito de una página concreta, que le encante y relea, por el puro placer de leer… Eso es soñar, y sé que los sueños son eso; si se cumplen, tenemos que reconocerlos como un regalo.
     El resto es la vida... 
Junio 2013


jueves, 12 de junio de 2014

La importancia del instante -


No se trata del tiempo en infinito

sino que el instante tangible
se absorba como alimento necesario.

Yo no quiero que me embauquen y distraigan

me arrisco por sentirme ahora primero
con capacidad de regodeo en lo etéreo 
y en lo humano.

No seré capaz de perdonarme
si me dejo robar y me quedo desnuda del espacio
y el criterio para vivir en libertad;
con lo justo como apero imprescindible
con el aliento húmedo del elixir primario
y el paladar al nivel necesario.
Pero mi piel cubierta por tus dedos
y el tejido suficiente
para hacer del decorado un hogar cálido.

Que nunca me he de perdonar
si me roban la libertad por ser incauta
y entrego mi tiempo
hoy que valoro mi imperio y mi tesoro.
Y el camino urdido en la esperanza.

No se me ha de escapar instante caprichoso
sin marcar mis huellas en su viaje
sin que sepa de besos y de caricias
y se arrope con el cariño y el amor necesario
para sentirse privilegiado en la afrenta.

Este arbitrario ánimo mío, necesita que abandere
que el momento sea siempre protagonista
que ni una sola gota de tiempo se me escape
díscola e insensata, sin que sepa de su valía
aunque se regodee en su siempre 
incesante cambio de ritmo.
Que mi alma libre
como si de un puñado de agua se tratara
apriete los momentos enteros
como queriendo atrapar
la lluvia eterna del invierno
soñando en primaveras
soñando como sueñan los niños.

Abril 2013



Cuando nada existe, Marinero *


MARINERO de mares que no existen.
¡Pocas redes te quedan, Marinero!
Ya despliegas las velas, alas blancas,
a dibujar la mar cauto el velero.
Marinero de mares que surcaste
como pirata fiel en tu andadura.
No existe  el alba que desnuda
llenaba tus pupilas.
No existe el baile de las olas
ni el brillo ni la luz de las estrellas
ni aquel sabor a mar que te embriagaba
ni esa música eterna…
Sólo existen en ti pasillos oscuros,
recovecos con ansias infinitas,
un enjambre de días que te aprisionan,
un amor lejano, una fe distinta.

Marinero de mares que no existen.
¡Pocas redes te quedan, Marinero!
Quieres bogar en tu mar azul verdoso
y tu piel se arremete contra el cielo,
prisionero en la tierra que te obliga
a navegar en ella, Marinero.
Quisieras ser cometa en tu locura
y como él, raudo surcar los cielos
y cobijar tu alma cansada
en el azul celeste espacio abierto.
Prisionera es tu piel sin armaduras
ni soldados que combatan el duelo
y te dejas mecer a su capricho
sea de levante o de poniente el viento.

Marinero que no verás tus mares

¡pocas redes te quedan, Marinero!